La pelota redunda

[Ensayo :: Guillermo Portela]

La construcción de ferrocarriles en Argentina propició la llegada de trabajadores ingleses que buscaban en América una vida mejor. Junto con ellos, llegó algo que hacer en los ratos libres, un extraño juego, el mejor pasatiempo (diría uno de sus precursores Thomas Hogg),  el más fácil y el más barato para el pueblo. Lo llamaban: football. Pero el nuevo juego no vino solo, sino que, arribó acompañado de un montón de términos tan impronunciables como innecesarios y que pronto fueron simplificados. Porque da lo mesmo y porque diga como diga el gringo en la cancha se ven los pingos. Así que, por ejemplo, lo que era un “center half” pasó a ser un “centro ja”, lo que decía ser un “full back” se metamorfoseó en un “fulba” y el legítimo “hand goal” mutó en un simple “metela con la mano” o, lo que seria su versión más moderna y depurada, la criollísima “mano de Dios”.

Pero como todo era puro y sencillo, llegó la televisión por cable, siete canales, 168 horas al día, 70560 minutos semanales vírgenes de contenidos. Y en este inhóspito territorio germinó un nuevo superhéroe, no tiene ni capa ni espada, se pasea por la pantalla embadurnado de Yves Saint Laurent, el toque justo de gel en el cabello y el toque injusto de cama solar en el rostro. Es el archienemigo de cualquier silencio. Señoras y señores, con ustedes: El comentarista deportivo.

Este híbrido, ni periodista ni relator, que presume de erudición y mundo, nunca está indispuesto para ilustrarnos. Esta nueva raza no llega huérfana de bibliografía, carga bajo la axila la ley primera que los hermana, un santo diccionario que define cosas tales como:

Dios: persona que patea una pelota.

El dúctil: persona que patea una pelota.

El lírico: persona que patea una pelota.

El rústico: persona que patea una pelota y hace diez segundos fue llamado lírico.

La razón de su vida no es sencilla, su gracia está en ese sacro mandamiento que parece ser rarificar el lenguaje. Hablar y hablar sin nombrar lo esencial. Sin nombrar eso que aparece, a los ojos del bípedo terrenal, indiscutiblemente necesario traer a colación. Eso que no falta del otro lado del alambrado, eso que vive en el pibe que canta el amor al barrio envuelto en una bandera, eso que fluye en cualquier bar, en cualquier tablón donde un jubilado se destornilla gritándole a ese güin sordo que no vuelve, y que nunca será como los güines de su época. Porque tal vez es verdad, nada es lo que era y no por eso todo tiempo pasado es mejor, pero sí menos excéntrico. Y aunque estos ases del micrófono adictos del Angel face no lo quieran, la pelota es pelota y no “la caprichosa”, y mucho menos “el esférico”, porque un pibe argentino no le escribe las cartas a Santa Close y le pide un “balón”, quiere una pelota y se la pide a Papá Noel; tampoco es “el tiento”, ni “la de cuero”, ni “la que todos quieren”, es redonda y franca, y es para patear.

Hoy día, hay un trabajo de perífrasis tedioso y de un tenor impostado. Abundan los que vislumbran elocuencia en la pedantería de lo que los demás no entendemos. Embarran nuestra cancha con su perorata. Exagerados. Extraviados de ironía que perfumados de drama grandilocuente bien podrían trocarla por Ayohúma y Vilcapugio, Malvinas y Tacuarí. Nunca falta el poeta que cree abogar por el suspiro y prefiere no nombrarla para decir “verde césped”, “campo de juego” o “field”. Otras veces, aporta el que se saca los anillos y blandiendo el barrio que le falta la llama “potrero”, pero cuando la ve de cerca, se da cuenta que le es foránea y la nombra “estancia”. A cualquiera de ellas, gracias el cielo, existe la simplísima “cancha”.

Y les gustan esas raras palabras nuevas

La buscan en el arcón, lentamente levantan la tapa y revuelven, hasta que en el fondo la encuentran sepultada, ahí está, arcaica o sincrónica da igual. Jamás fue conjugada con algo que pase cercano al fútbol, pues habita las antípodas del mapa léxico. El simple mortal, que come pizza de a pie y discute política con un tachero, alguna vez le pasó cerca, y medio que le gustó y medio que no, porque en el fondo la supo ajena. Pero ellos la encontraron. Y vaya la desgracia que ahora les rumia sus labias bocas. La toman con la brusquedad con que se hacen los ademanes habituales, y ya desprovistas de todo encanto la largan al ruedo para enunciar: “el partido fue ecléctico o “el técnico es un adlátere”. ¿Para qué? No describe mejor, no comunica nada, se mofa de los que queremos saber del partido. ¿Qué busca?, ¿fama?, ¿pavonearse?, ¿quedar inmortalizado en un adjetivo? Nunca lo sabremos. Ya pasó. Es un accesorio más en la parafernalia de reflectores y micrófonos. Sus colegas, que se horrorizan fácilmente por una corbata un tanto rimbombante, la tomaron con una naturalidad pasmosa. Nunca jamás nadie osará discutir lo inoportuno y descontextualizado que pudo sonar. Es una de tantas. Y habrá más…

Pero…“¿Adónde van las palabras que no se quedaron?…” se pregunta Silvio Rodríguez, que gusta del béisbol y de seguro en su vida escuchó el comentario de un partido de fútbol.  Inocente cubano, ¿qué sabe de metáforas si no tiene Fox Sport?, si Fidel no reparte ESPN y el domingo solo prefiere a Guillén. “¡Pobre mortal que desalmado y bruto!”

Por otra parte y para terminar, paremos la pelota que hay que diferenciar, y en esta alegoría debo ser tenaz y transpirar la camiseta, porque el futbol no está falto de tropos de valor y gracia. Bajaron de la popu y ya ganaron la calle, son jugadores de toda la cancha. No saben de regalías porque son de todos y de nadie, te tiran un centro cuando más los necesitas. Tienen la justa medida de decir lo que vienen a decir, sin que nada falte, sin que nada sobre, llegan con los tapones de punta. Describen como nadie en pocas palabras, con la velocidad y precisión de un toque corto. Y podría seguir aguantando los trapos, porque convengamos que su defensa no me resulta engorrosa, más que nada, siento la vergüenza pueril del que juega con la cancha inclinada a su favor, porque de alguna manera, me la dejan picando.

Y en medio de todo esto existe un acuerdo tácito y culpable que mantiene su lenguaje de baja laya. Es la prosa sórdida de la actualidad, sin la cual por el otro lado, ni el autor ni el lector u oyente podrían mantener la conciencia en paz.

Guillermo Portela, estudiante de Letras de la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de San Martín