¡Si quieren venir que vengan…! (Promesa)

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[Cuento :: Guillermo Portela]

 

-Cuando sea grande y tenga mucha plata, mucha, mucha plata, me voy a comprar un Torino- me prometí aquel día. -Un Torino como el de Albertito-.

Pobre Albertito, pensar que desde que regresó ya no lo volvió a manejar más, claro, con la pata dura ya no podía el pobre. Papá apostaba a que a la larga lo iba a tener que vender. Pero no, no lo vendió nunca. Ahí está, es el día de hoy que sigue juntando tierra en el garaje. Una vez, cuando Doña Elvira aún vivía y dejó la puerta entornada para sacar el changuito de las compras, lo pude ver, bueno, verlo así entero, entero, no, un cachito, un poco de la cola y el paragolpes, y el farolito nada más. Al “Pata dura” sí, lo volví a ver, una o dos veces no mucho más, pero no me animé a preguntarle por el Torino, ya no le hablé más; la gente decía que seguro volvió medio loco y por esa época a mí los locos me asustaban y además no podía sacarle la vista de la pierna de palo. Aunque yo quería saber si se acordaba de la promesa, porque yo no me olvidaba de la promesa que me había hecho aquel día de camino a la parada del colectivo, y además preguntarle un montón de cosas del Torino, ¿a cuánto corría?, ¿qué nafta le ponía? y lo más importante, ¿cuánto valía?, eso sí que me importaba, aunque entendía, porque no era tonto y las cuentas las había hecho mil veces, ni juntando toda la plata, de todos mis cumpleaños y lo de todos los “días del niño” hasta que cumpliera dieciocho, iba a llegar.

Y no llegué, porque después vinieron otras prioridades y uno, como todo el mundo, se va olvidando de las promesas que hace cuando es chico, en realidad, para ser sincero, olvidarme, lo que se dice olvidarme, ¡nunca!

-Cuando sea grande y tenga mucha plata me voy a comprar un Torino- me murmuré entre dientes y estoy seguro que un nudo nervioso me tensó las Lincoln y la chocolatada de la panza.

Recuerdo el preciso día de mi juramento, fue esa mañana loca de abril de camino a la escuela. Aún no llegaba el frío.

Un Torino como ese que, entre bocinas y cornetas que sobrevivieron al mundial, daba vueltas a la plaza; igualito, verde, porque en esa época era así, verde a secas, no como ahora que todo se complica, ahora hay verde agua, verde musgo, verde militar, y qué sé yo; pero así lo quería: verde, con la bandera argentina en el capote y todo.

-¿A cuánto correrá?- Seguro que más que el auto de papá. Si me apuro hasta la otra esquina de la plaza, cuando para a tocar bocina, le pregunto.

Entonces corrí, revoleando el maletín que me golpeaba las rodillas crucé un poco en diagonal la ochava y ahí lo vi, ahí estaba, Alberto sentado al volante, compadrito sacando pecho; la nuca y la espalda dibujaban una línea recta perfecta;  el codo asomaba por  la ventanilla y el pelo le brillaba mojado y recién peinado.

-¡Señor, señor! ¿A cuánto corre el Torino?-

-¡Viva la patria pibe, viva la patria!-

-Mejor me voy a comprar uno naranja y sin techo, para ver el cielo.-

En la puerta del colegio las madres alborotadas comentaban:- vienen tiran dos tiros y se van- como si dos tiros no mataran a nadie, ¡la puta! Al primero que vi fue a Marcelito Loreto, venía derecho a abrazarme agitando el cartel de “PARE”.

A este, del Torino mejor no le cuento porque seguro que después dice que tiene un tío, que tiene uno y que encima le deja sacar la cabeza por la ventanilla.

Y llegó el izamiento de la bandera:

Alta en el cielo un águila guerrera…Che Marcelito me voy a comprar un Torino…en vuelo triunfal, azul un ala del color del cielo… ¡azul! claro, azul y blanco como la remera de Vélez…

¿Y ahora el himno? ¡Oíd mortales!…

Y el discurso del director. Parece que lo estuviese viendo, marcial, erecto, blandiendo el dedo y con el mentón que sube y se come el bigote; siempre me lo recuerdan los cantantes de las operas de Wagner. Después la marcha esa que nos atosigaría por tres meses y más discursos…

¡Aplausos, aplausos!

Llegó el momento del aula y el desplegar de mapas.

-Con el Torino me voy a poder ir a cualquier lado, a cualquier país, ¡hasta Mar del Plata!-  Que soberanía por acá, que conflicto por allá…-¡cuánnnta palabra difícil!- que plataforma submarina, archipiélago y catorce mil kilómetros hasta no se dónde.-eso es un remontonazo de kilómetros. ¿A cuánto correrá el Torino?-

Hoy salimos más temprano, buenísimo así llego antes que papá y le afano las DRF antes de que las esconda. En realidad no me las escondía, las ponía en la carterita sobaquera atrás de la pecera y yo ahí no llegaba.

En casa la televisión estaba a todo volumen, –¡si quieren venir que vengan!

-Hoy no hay dibujos animados andá a jugar a la vereda- me atajó la vieja. Buenísimo pensé, así me rajo para lo de Albertito a ver el Torino.

 Papá llegó temprano, escuché la llave en la cerradura cuando estaba revoleando el guardapolvo y me ponía las zapatillas viejas, lo recuerdo cansado y ofuscado, yo corrí para contarle que cuando fuese grande y tuviera mucha plata me iba a comprar un Torino, pero me primerió:

-Escuchá una cosa- me dijo-vos no andes festejando tanto que si estos vienen nos hacen mierda, y otra cosa, no se te vaya a ocurrir contar en la escuela que el abuelo es inglés. ¿Está claro?-

-Sí, sí, sí.- A lo de Albertito puedo ir en bicicleta calculaba.

-¿Está claro?-

-Sí, sí, sí.- O mejor no, mejor voy corriendo, porque si me invita a dar una vuelta en el Torino tengo que dejar la bici tirada.

-¿Me escuchaste?-

-Sí, sí, sí.-

– ¿Seguro?-

-Sí, sí, sí.-

-Anda, anda a jugar- terminó el viejo.

Cuando llegué a la casa de Albertito estaban en la puerta, creo que Doña Elvira lloraba; me dio no sé qué mirarla, así que bajé la vista y me distraje por un instante en el juanete que le rompía el zapato. Él tenía un bolso en la mano y el pelo recién cortado.

-¿Qué querés nene?- me dijo.

-Quiero ver el Torino-

Albertito abrazó a la madre y me empujó con un ademán cariñoso.

-Así que te gusta el Torino.- murmuró.- Acompañame al colectivo.-

Después me examinó de reojo y preguntó:-¿De qué cuadro sos pibe?-

Con la mano me dibujé una “V” en el pecho.

Hablamos de Carlitos que volvió de Francia y los quince goles del Nacional pasado. Yo le nombré a Bujedo, Larraquy y Bartero. Él me contó que cuando juega pega más que Moralejo.

Le llevé el bolso tres cuadras, me lo cambiaba de mano cada dos veredas porque me pesaba mucho, pero no me importaba. Él me prometió que cuando volviera me iba a llevar a dar una vuelta en el Torino. -Y si tu vieja te deja, por ahí, vamos un domingo al Amalfitani-  agregó sonriendo. Yo le pregunté que cuándo volvía.

-¡No sé!- gritó desde el peldaño del colectivo- ¡una semana como mucho!-.

Guillermo Portela, estudiante de Letras de la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de San Martín

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