“Aristóteles” Apología de la fotocopia

[Relato :: Guillermo Portela]

Leer, lo que se dice leer, se lee en cualquier posición, en cualquier lugar y ¡de! cualquier lugar. Leemos en la calle, en el colectivo, en el hogar; leemos carteles mientras caminamos; leemos relojes mientras corremos trenes; leemos mensajes de reojo y entresueños; leemos sopas de letras, naipes y creemos leer hasta la borra de un café. No cabe duda, cualquier alfabetizado puede ser un “lector”, pero aquí vamos a hacer una salvedad, porque leer no es estudiar.

Estudiar es concentrar todos los recursos personales en la asimilación de datos y técnicas. Memorizar y aprender. Es cierto, también se puede estudiar en diversos lugares, y de hecho a falta de tiempo y calma, no nos queda otra que estudiar casi en todos los lugares, con más o menos eficiencia, pero estudiar al fin aunque el entorno no nos sea propicio para facilitarnos la asimilación. Pero ahora sí, de donde estudiar, eso, lo podemos elegir.

Cabe aclarar que esto no es un intento por negar las nuevas tecnologías y su avance, las nuevas tecnologías están acá, entre nosotros y no nos piden permiso en su envite.

Supongamos que tenemos que estudiar un apunte X, vamos a llamarlo, por comodidad, “Aristóteles”. Tenemos dos opciones: estudiar de una humilde fotocopia o de la nueva tablet de la manzana mordida, 66GB “The best in the World”, liviana como el papel y rápida como la luz; el nuevo espejo de hechicero color.

Vamos por la primera opción, la simple y llana fotocopia. Lo compramos $12,50. Tenemos en las manos 23 páginas tamaño A4 calentitas, humeantes de tinta recién salidas de la fotocopiadora. La doblamos y la ponemos en el bolsito. Ese doblés agresivo, que amenaza con mermar la legibilidad en el futuro, es una bisagra que cruzó en diagonal la “A” de Aristóteles. Y ahora, esa “A” está dividida en dos partes, un palito o algo así por un lado y un triangulito por el otro.

A la mañana siguiente, de camino al trabajo, comenzamos a estudiar en el Ferrocarril San Martín, Devoto-Pilar parando en todas, ¡maravilloso!, 50 minutos de bamboleante lectura. Antes de sacar el apunte pensamos: “sacar acá una tablet es una invitación para el afano, ¡mejor apuntes!”. Del doblés que cruza la fotocopia de arriba abajo ahora nacieron un centenar de pequeñas arruguitas transversales y nos recuerda un enorme ciempiés que no termina de pasar. Pero no importa, blandiendo un fluorescente azul comenzamos la tarea de selección (y atención que dijimos fluorescente azul y no el típico verde, porque con ese ya subrayamos el de Platón ¡Y no es lo mismo!).

Ya en el trabajo, entre mate y mate, con ojos furtivos que se reparten entre la puerta de la oficina del jefe y “Aristóteles”, continuamos el estudio. No falta el bautismo, ese mate que se derrama justo ahí donde el azul fluorescente se empieza a fatigar y ya es un celeste transparente, justo ahí donde Aristóteles levanta un dedo al cielo y dice eso que es esencial, lo transcendental, lo que no puede faltar, eso que seguramente nos van a preguntar y vamos a recordar, un poco fotográficamente, por esa manchita verde mate que, lejos de camuflarlo, lo ensalza.

Más allá, adelantados en la lectura, volvemos una, dos, tres páginas para atrás y anotamos, con birome, que lo que acabamos de leer tiene que ver con esto, y que aquello ya lo había dicho en la Metafísica o nos recuerda ese cuadro de Rafael donde Platón y Aristóteles caminan con cabezas cambiadas. Y así vamos garabateando con nuestra letra que es siempre la misma pero no es siempre igual, esta vez, esa “t” se inclinó demasiado para el costado y esa “m” nos salió con una mueca un poco afeminada en su terminación. Todo sirve para recordar, la imperfección es una marca de originalidad que perpetúa, ¿cuántos recordaríamos a la “Torre de Pisa” si estuviera perfectamente erecta?

En la noche, durante la cena, quizá no leemos mucho pero Aristóteles esta cerca, descansa en la mesa, abierto justo ahí donde quedó, donde está la parte esa que parece imposible de memorizar, y tal vez Dionisio quiso que un vaso frío lo aureole de violeta Malbec. Así va, así vive, así sus defectos en encanto muda pues nada lo mansilla y de todo se nutre.

Mientras tanto, no podemos dejar de recordar a la otra “A”, la del “Aristóteles” que vive en la pantalla de la tablet, la típica Normal, Time New Roman tamaño 12, la que parió de alguna manera a nuestra “A”, y es igual a otra “A” y a todas las “A” de todos los alumnos de todo el mundo que estudian a “Aristóteles” desde una computadora, es una “A” que burlona del cursor sigue su impoluta y casta vida electrónica. Anémica de tinta. Es un eterno Moisés al que se le permite divisar la tierra prometida pero no penetrar en ella. Que sí, es verdad que cualquiera, antes de dormir, la puede llevar a la cama en una laptop, pero… ¡que lejos está de nuestra “A”!, marinera tatuada por mil mares, tónica como todas pero cruzada por monstruos gigantes de ciempiés y bautizada sin honores. Es nuestra “A”, la envejecida y única, la que solo va a la cama con nosotros y es capaz de pisar la tierra prometida.