Los dioses de la fiebre

[Relato :: Nicolás Ricci]

Apenas el buitre se le fue a la cara, despertó. La habitación desconocida estaba a oscuras. Sintió alguna curiosidad por saber dónde estaba, pero el frío en la frente sudada y el agotamiento (el sueño no es descanso cuando se sueñan esos horrores) no le dejaban pensar. Con mucha dificultad, con no poco dolor, logró incorporarse a medias y vio su cuerpo cubierto por varias mantas, revueltas por sueños intranquilos.
Un ruido que no esperaba interrumpió sus débiles cavilaciones. En el piso superior oyó algunas voces apagadas e ininteligibles, luego un ruido de llaves, seguido del llanto de bisagras viejas. En un instante, vio el techo abrirse en pequeñas grietas de luz. La oscuridad del cuarto quedó salpicada de gotitas luminosas. Oyó arriba, y a lo lejos, el trote feliz de un caballo. Comprendió que la calle estaba allí, que él estaba en un subsuelo. Algún escalofrío lo recorrió y se supo afiebrado. Tuvo la sensación de que la fiebre ya era cosa habitual; con todo, no podía recordar su nombre.
Arriba sonó un portazo y las grietas se apagaron, pero en seguida se renovó la luz. El afiebrado calculó que alguien abría unas cortinas. La luz, ahora menos hostil, se desparramó por la habitación. Fue preciso un nuevo acomodamiento ocular para empezar a ver. El techo era bajo, agobiantemente bajo. Las paredes, acaso blancas en mejores días, estaban manchadas de hollín y humedad. Había sólo una puerta frente a él, del lado izquierdo; junto a la puerta colgaba algo que, conjeturó, sería una lámpara. La desnudez de las paredes aumentaba la sensación de frío. El aire que respiraba, cargado del polvillo que caía del techo, le dolía al entrar.
El afiebrado sintió que un frío lo recorría entero y que un dolor fortísimo de agujas en la garganta le volvía. Hay siempre una memoria oculta en el dolor: no podía recordar de cuándo le volvía, pero lo supo recurrente. Intentó tragar saliva y el dolor lo ensordeció. Una densa niebla se cerraba sobre él. Sintió vértigo, sintió que caía, sintió lo que nos llega en los primeros minutos del sueño, salvo que esta vez duró más. El afiebrado desesperaba en su caída, incapaz de gritar. Cayó, finalmente, en un pozo oscuro, húmedo y frío, con el fondo y las paredes de barro. Intentó escalar, pero el pozo era profundo y las paredes demasiado resbaladizas. Se quedó, como el milesio, mirando las estrellas desde el fondo. Cuando empezaba a resignarse, un anciano de barba y sin sombrero se asomó y lo vio. El afiebrado pidió ayuda, y el hombre se excusó con un llevo mucha prisa. Hay mucho que hacer, hombre de Dios. No es siglo éste para andar cayéndose a los pozos. Antes de irse, dijo que acaso volvería por la mañana.
Cuando despertó, estaba mareado y temblando. Miró a su alrededor (le dolió el cuello al hacerlo) y advirtió que ahora había una silla vacía junto a la cama. Recordó que arriba vivía gente. Le desagradó la idea de que alguien hubiera estado en la habitación mientras él deliraba. Pensaba en esto cuando oyó de nuevo voces que caían del techo. Procuró escuchar qué decían. Estuvo largo rato quieto, respirando lo menos posible, cerrando los ojos con fuerza. Finalmente pudo reconocer que las voces eran dos, que hablaban en alemán (se tranquilizó al reconocer su idioma), que discutían.
―¿Hasta cuándo estará con nosotros? No podemos hacernos cargo ―dijo una voz de hombre.
―Estará con nosotros el tiempo que necesite ―contestó una muchacha.
―Y tus hermanas, ¿por qué no aparecen cuando el señorito necesita ayuda?
―Ellas están lejos, y él no puede viajar así. Está delicado…
―Está muriendo ―dictaminó el hombre.
Por un segundo, creyó que caería nuevamente, que la fiebre subía. Hizo un esfuerzo por permanecer despierto. En su desesperación, se obligó a tragar saliva, para que el dolor lo despertase. Casi se desvaneció al sentir las agujas. Arriba, las voces seguían, pero él no las escuchaba. Cuando las puntadas se sosegaron, aguzó el oído y advirtió que la muchacha lloraba. El hombre, más calmado, le decía:
―No quiero ser así. Me preocupo porque no nos alcanza para vivir nosotros. Además, te veo peor desde que trajeron a tu hermano, Ottla.
Los ojos del afiebrado se abrieron amplia y súbitamente. Se supo ante una revelación. El nombre de Ottla le trajo un recuerdo. Y, con él, vinieron otros, torrencialmente. «Ottla Kafka», se dijo, «Yo debo ser Franz… escribo… toso… muero en Praga». Recordó en un instante su pasado reciente y las últimas noticias sobre su salud. Todos lo daban ya por muerto. Tardaba en morirse. El doctor Hoffman le había dicho que se fuera preparando. Max Brod (buena gente, Brod) insistía en saber qué iba a hacer con todos sus papeles.
Arriba, Ottla seguía llorando. Ahora que recordaba quién era, sintió que su ser lo abrumaba. Un minuto antes no tenía pasado, era un ser liviano de remordimientos y libre de pronósticos. Ahora, su presente era su cárcel. Ahora, era un hombre consumido, muriendo una mala muerte, separado del mundo, pesando sobre los hombros de su hermana menor; sin padre, sin mujer, sin obra, en medio de la niebla. Antes de volver a caer, lamentó no haber podido terminar esa puta novela infinita. Cayó.
De nuevo sintió el fango y la sofocante angostura de las paredes. Miró hacia arriba, esperando ver al anciano. Notó que estaba amaneciendo; el cielo se iluminó en un instante. Aunque había maldecido la oscuridad, ahora sentía miedo de la luz. No quería ver dónde estaba, el lodazal inmundo que lo rodeaba. Se obligó a no bajar la mirada, a seguir con los ojos clavados en el cielo. Se emocionó al ver asomarse al anciano. Éste lo saludó de mala gana y le reprochó que no hubiese salido aún. Mostrando señales de impaciencia, el anciano de barba y sin sombrero consultó su reloj de bolsillo y sulfuró. Luego de un espéreme, desapareció. Cuando volvió, cargaba el extremo de una pesada manguera. Apenas un cuidado que está fría y un vamos, rápido, que hay mucho que hacer, y el agua comenzó a inundar el pozo. El afiebrado notó con felicidad que comenzaba a elevarse. Quiso agradecer, pero el anciano ya no estaba.

Dormía. Sintió un violento frío en la frente, algo pesado y húmedo que lo atacaba. Poco a poco fue volviendo al mundo. Terminó de volver y vio a Ottla junto a la cama, y frente a ella una fuente con agua, sobre la que estrujaba un paño gris. La lámpara junto a la puerta estaba encendida. Quizá por esos paños fríos que ella le aplicaba, los dioses de la fiebre le concedieron una última lucidez, un último contacto con su hermana. La niebla se disipaba. El afiebrado vio los ojos tristes de la muchacha. Intentó hablar, pero el dolor en la garganta lo detuvo. Los dos sonreían en silencio. En ese momento, o muchos minutos después (el tiempo de la fiebre es incontable), buscó la mano de su hermana, la tomó y comenzó a acariciarla. No pudo llorar, no pudo hablar, sólo su mirada pedía perdón. Lentamente, sintió que se alejaba: volvía la niebla, la fiebre, el delirio.
Perdido en los dédalos de su memoria, los recorría, errando por galerías de recuerdos deformados (que son los únicos que tenemos). Ahora su padre le cierra la puerta en la cara. Ahora visita al doctor Hoffman por primera vez, con esperanzas aún. Ahora ve llorar a su hermana porque una compañera de colegio le ha gritado judía. Ahora se ve muerto y a su hermana diciendo qué flaco estaba, ya hacía mucho tiempo que no comía nada. Ahora Brod lee con interés cierta página de cierto cuento. La sucesión se prolonga en un tiempo confuso. Ottla lo mira y no sabe que lo está viendo morir; tanto se ha acostumbrado a verlo postrado.

La niebla lo ha envuelto todo, pero ya no se siente caer. Flota en el agua, aunque fría, y se eleva contento. Está ya casi fuera del pozo. Quién sabe la decepción que sentirá al ver que fuera del pozo no hay nada.