A veces el desierto retrocede

[Paula Pico Estrada]


Hace un tiempo que dejé de comprar y de leer los diarios. Cartoneo los que desechan los vecinos del edificio y todos los días cubro con ellos el suelo del balcón que mis perros usan como baño. Mientras me inclino para recoger los papeles sucios y disponer los limpios, aprovecho para estirar la espalda y de paso leer, al azar, noticias siempre inesperadas en su singularidad, ya sea porque son viejas, ya sea porque aparecen en una sección que yo nunca miraba, ya sea porque se trata de un diario que no hubiera comprado. No es un mal método para mantenerse informado. El otro que me queda es Facebook.

Según Aristóteles, ver el bien y la verdad en cada cosa es propio de la persona prudente. Por prudencia, entonces, empiezo por el elogio de Facebook como portador de noticias. En primer lugar, me entero de cosas que me importan y de las que los diarios de tirada nacional no se hacen eco: el cumpleaños del hijo de mi mejor amiga de la primaria, la candidatura a jueza de paz de mi mejor amiga de la secundaria y las actividades de una gran cantidad de parientes cercanos que no viven en Buenos Aires. También me entero de los titulares de los diarios nacionales y extranjeros: siempre hay alguien que postea las útimas noticias, y el precio a pagar por esta forma de mantenerme informada no es muy alto, aunque sea enervante. Es raro que alguien se limite a compartir un vínculo; por lo general adjunta su opinión sobre la noticia y, de paso, sobre la vida y el mundo.

Abandono así el elogio y entro en una zona mixta, la de las opiniones de los 700 desconocidos que tengo por amigos en Facebook. Dentro de este género, hay una especie en particular de la que dependo bastante: las recomendaciones de series y películas, cuyo denominador común suele ser Netflix. Lo último que el coro de amigos recomendó fue una serie producida y emitida por esa misma empresa. Se llama Stranger Things y no me voy a hacer la fina: me senté a verla y no me levanté hasta no haberme tragado todos los capítulos. Eso fue hace cosa de un mes. Hoy, que quisiera escribir aunque sea dos líneas sobre ella, no logro acordarme casi de qué trata. Me acuerdo de que hay cuatro chicos (¿o eran cinco?), una madre soltera, un sheriff, experimentos, monstruos y casi una cita por escena. Todo está bien hecho. No tengo nada para decir en contra. Pero no fui niña en los años ochenta, ni siquiera en los setenta. Stranger Things me remite a muchas cosas, pero todas ellas, empezando por el cine de Steven Spielberg, ya eran citas de otras, anteriores, que fueron las que yo ví. Tampoco puedo asumir que las que ví no hayan sido, a su vez, copia de otras. Hay una generación para la que Lady Gaga es una realidad en sí misma. Hay otra para la que la realidad en sí misma es Madonna. Una tercera generación, más vieja aún (o sea, la mía) cree que David Bowie es la realidad en sí, aunque cierto hábito racional socava la fuerza de la fe y me lleva a preguntarme si la regresión derivativa no seguirá hacia el infinito.

En un conocido pasaje de República, Platón diferencia los órdenes de la realidad según su espesor ontológico. Las sombras y los reflejos son lo más frágil. Le siguen las cosas u objetos de todos los días, modelo de aquellas imágenes. Atravesadas por el devenir, estas cosas perciben su modesta cuota de realidad de un orden superior, no visible pero sí susceptible de ser captado por la inteligencia, el verdadero mundo, el de las Formas. Nosotros, que hemos sido abandonados no solo por las Formas sino también casi por las cosas, nosotros que vivimos en un mundo de imágenes que remiten unas a otras, ¿podemos hacer pie en alguna dimensión de lo real?

Mi amigo P. me advirtió: “El desierto crece. Es el momento de afincarse en lo propio y hacerlo crecer. Hay que dar de baja la conexión al cable y a Internet. Hay que ver la película de Bellocchio”. Con voluntad de combatir el desierto, pero todavía no preparada para dar de baja mis accesos a la cultura de masas, ví la película de Marco Bellocchio, Sangre de mi sangre. Todavía me acompaña. Su belleza y su rareza la vuelven imposible de ser digerida. La memoria multiplica y profundiza las sensaciones que provoca el primer episodio, situado a principios del siglo XVII. El claroscuro en el interior del convento de Bobbio, la luminosidad del jardín del claustro y del río, los ecos del anacrónico coro femenino mientras la víctima incólume de un inquisidor se hunde en el agua, la seducción sexual de dos buenas solteronas católicas. Son imágenes profundas, cuya fuerza sensorial no se apaga con el tiempo, ni siquiera con el salto en el tiempo que la misma película propone cuando las puertas del convento se vuelven a abrir en la época contemporánea y empieza el segundo episodio. Desesperación y mucho sentido del humor enhebran las peripecias de un viejo conde desaparecido, un millonario ruso y un estafador. El hilo conductor entre un episodio y otro no es obvio ni único. Desentrañarlo es otro de los placeres que ofrece Sangre de mi sangre, mientras se la mira y mientras se la recuerda.

La inquietud estética y la necesidad de pensar sobre lo que se percibe son dos de los muchos aportes de la película de Bellocchio a la lucha contra el desierto. Sangre de mi sangre no remite a un mundo de referencias cerrado, que encuentra su eco en los recuerdos personales o en los códigos compartidos con un grupo sociogeneracional. Hay referencias, sí. La fotografía de interiores remite a Caravaggio; la música que la acompaña es de Metallica. El segundo episodio es una alegoría inequívoca de la Italia contempóranea; el vampirismo del viejo conde que lo protagoniza no es, sin embargo, metafórico. La bella sucesión de elementos incongruentes nos obliga a superar las asociaciones personales en busca de un sentido oculto, cuya existencia advertimos aunque no lleguemos todavía a conceptualizarla de un modo que pueda ser compartido con otros. En ese ejercicio de intentar ser un poco más de lo que somos reside el cultivo de lo propio. Los productos eficaces, hechos para ser consumidos y reemplazados, no lo permiten. De modo paradójico, cultivar lo propio no quiere decir encerrarse en su propia quintita. Implica salir del mundo cerrado de los sentimientos para construir sentido por medio de conceptos. Los sentimientos los compartimos solo con quienes sienten igual que nosotros. El sentido, ya sea el de una obra de arte o el de la vida, necesariamente se construye entre todos.


Paula Pico Estrada es doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA), docente de Filosofía Medieval en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y directora editorial de Ediciones Winograd.