Ánimas vivas

Cuento :: Guillermo Portela

Ilustración :: Sacha Ortiz Sena

I

Cuando el conserje levantaba la mano y gritaba su nombre, Vicente, un hombrecito enérgico, hacía su aparición desde cualquier escondrijo, corría presto hacia el mostrador, esfumaba la llave de las manos del conserje, rodeaba al recién llegado y antes que este pudiera decir hallo, ya se había ido con sus maletas. El repiqueteo cosquilleante que hormigueaba las tablas del parquet se comenzaba a escurrir por alguno de los pasillos como el chisporroteo eléctrico que recorre un cable pelado. Cualquier esfuerzo atlético que hiciese el nuevo huésped por seguirlo  era de lo más quimérico. Cuando Vicente iba para las escaleras, de inmediato cambiaba hacia el ascensor; paraba en una puerta y al instante volvía a la anterior; cuando parecía que iba a hablar daba vuelta la cabeza, arrugaba dos o tres veces la nariz como hociqueando el rastro  y nada decía. El viaje en el ascensor era en silencio. Incómodo. Apretado. Vicente ofrecía la espalda y su nuca, que empezaba a carecer de pelo, sería un espectáculo seborreico dignísimo de cualquier congreso dermatológico pero que ningún visitante anhelaba presenciar. En la habitación, dejaba las maletas aporreadas y no esperaba la propina. El nuevo huésped aún no había terminado de sacar la mano del bolsillo que ya un portazo le aventaba la cara.

Pero todo eso, solamente era el preludio, el tapete de “Welcome” en la puerta que pronto nadie se detendría a leer y, mucho menos, recordaría. Y si alguno de estos nuevos parroquianos, en un rapto de escepticismo, creía que esa sería la anécdota capital de su última visita a la ciudad o el suvenir que adornaría alguna charla de sobremesa, huelga decir que estaba equivocado.

El verdadero  show comenzaría en la noche y en su propio cuarto, pasadas las once y, tal vez, ya cuando el personal de planta se hubiese retirado a sus hogares. De seguro  rompería con un tic tac espectral que iría in crescendo desde el muro hasta perderse en el pasillo. Al rato volvería y se podría seguir hasta el hall y los pies de la cama, rondaría la cabecera, la mesa de noche y la cómoda, se demoraría un rato en el baño para encabrillar el agua en el inodoro, y entonces sí, luego, más anárquico, se alternaría con chillidos, golpes y roses que no cesarían en toda la noche.

Esta escena se repetía a diario. Los parroquianos del hotel entendían que debían aguardar a la mañana siguiente para conocer la reacción del nuevo inquilino. Aquí había tres posibilidades: la que nadie anhelaba, que el nuevo huésped tenga el sueño pesado y de nada se haya enterado; la segunda, que baje feliz y emocionado de haber sido testigo de la leyenda del Hotel Saint Germain de Ámsterdam, se saque fotos en cada rincón y salude agradecido hasta el último empleado; y por último, la que todos esperaban, la que de seguro se habría hecho con las preferencias en las apuestas,  la que ganaría la hilaridad de la tribuna de huéspedes habitués que disimulan su presencia por el lobby y por la que el señor Bernard, dueño del hotel, tendría que salir a dar las disculpas pertinentes y prometer al desvelado, además de un resarcimiento, que la noche siguiente habría de alojarlo en una de las habitaciones de los pisos de abajo que  es donde no hay ruidos.

II

 En un país donde el cuarenta por ciento del territorio está por debajo del nivel del mar, los ratones del Hotel Saint Germain de Ámsterdam han preferido vivir en lo elevado del edificio, alejados del agua que brota de los cimientos. Así, por más de un siglo, han pululado entre los muros del hotel. Pocas veces pudieron  ser vistos y habrían de pasar inadvertidos, a no ser por el concierto de golpes, chillidos  y repiquetear de pequeños pasos que ofrecen en las noches.

Pero como muchos percances que prometen perpetuarse este también ha mutado en mito. Por eso, no son pocos los que prefieren adjudicar estos ruidos a mil mágicos motivos, como tampoco son escasos los huéspedes que huyeron despavoridos en plena noche sin esperar explicaciones. Bastaría recordar aquel gerente de una tabaquera que, a altas horas de una noche del invierno del ´66, saltó del sexto piso. Y, aunque dejó testamento y una extensa carta explicando los motivos de su suicidio, ni el menos amarillista de los periodistas de la ciudad dejó pasar la oportunidad de deslizar entre líneas, por sutil que esta fuera, la desesperación que seguramente despertaba en el pobre hombre “esas ánimas en penas que viven tras los muros”. Esos muros, que victoriosos sortearon bombardeos de más de una guerra, también  tuvieron que soportar las más diversas  soluciones a la plaga. Fumigaciones  y venenos por doquier; manadas  de gatos hambreados, que sembraron más pestes que la misma plaga, y una serpiente pitón, que terminó por morir electrocutada y humeó el lobby con el dulzón aroma de la carne asada; exorcismos: esos fueron varios cuando un espíritu místico-religioso se había apoderado de la esposa del dueño de turno; y hasta la participación de un flautista, que embebido por el influjo de Hamelin y otros etílicos, prometía vaciar la casa de roedores y, en un exceso de valentía, hay  quien lo escuchó sostener en la cantina que la ciudad toda quedaría límpida, límpida, de ratas.

Pero sin dudas, el más recordado de todos estos fracasos, es el del enano Cyrano. Por esa época, en que la ciudad aún era pueblo, el enano Cyrano llegó de visita con un circo. El hotel estaba en manos de un alemán. Hombre de ideas nuevas este tal señor Kiese, rubio y colorado cuando bebía pero activo y siempre resuelto, contrató los servicios de Cyrano.

La misión se prometía sencilla, el  enano debía meterse entre los muros por la ventilación del último piso y espantar los ratones hasta la planta baja donde los esperaría, con las fauces abiertas, una enorme jaula. Y así fue que el pobre Cyrano, cernido con una cuerda a la cintura, casco  de minero y armado con punzón y pomo fumigador, se aventuró en lo profundo y oscuro. Con la indiferente concentración de los que saben lo que hacen, acogió en la cara el primer vaho caliente cuando quitaron la tapa del ventilete. Igual de impasible, acostumbrado al éxito se diría, recibió las palmadas en la espalda desnuda con la que la multitud de admiradores despedía a su héroe. La misma multitud que minutos después, entre burlas y risas, abría paso a la corrida desesperada del enano para que, con la ropa raída y una rata de mordida tenaz pendida del escroto, se arrojaba en el canal.

El roedor y el agua podrida hicieron lo suyo y con los días la herida se gangrenó. Hubo discusiones e interconsultas con los médicos de los alrededores, pero la solución fue unánime: amputación del miembro gangrenado. Cyrano se negó alegando que prefería morir antes de perder su hombría. Hubo apuestas en todos los bares y no faltó la encuesta que realizó el diario del pueblo: ¿Se debía dejar amputar Cyrano, sí o no? ¿Ud. que haría? El resultado fue dividido, pero unánime fue la actitud solidaria de cada encuestado que no dejó de tomarse la entrepierna antes de contestar. El dueño del circo se relamía ante la posibilidad de su nuevo fenómeno: “El Enano Castrado”. Finalmente, fue la mujer barbuda la que inclinó la balanza y convenció a Cyrano alegando que nadie más que ella sufriría esta perdida. Pero ya para entonces la infección había ganado la pelvis y después de tres semanas de fiebre y delirios, Cyrano murió.

Las exequias se llevaron a cabo en la arena mayor por la que desfiló todo el pueblo ante el escueto cajón. La mujer barbuda y la gorda del circo dieron una plañidera demostración de desconsuelo. Veintiún cañonazos fueron disparados en honor del difunto valiente, veinte de salva y uno que escupió al hombre bala que, con el semblante más adusto y vestido de solemne luto, obligó, acaso, a que algunos tuvieran que aunar fuerzas para reprimir los aplausos. Ya para cuando el sol comenzaba a enterrarse en el horizonte y las sombras del cortejo se dibujaban largas como barrotes negros sobre el aserrín y el estiércol, desfigurados maquillajes de payaso y la tierra que tronó en el breve ataúd cerraron un nudo en el estómago de todos los concurrentes y, con esto, la tragedia de Cyrano.

III

Llego el día en que el hotel fue adquirido por el señor Bernard quien, a sabiendas de estos antecedentes, anunció, con más resignación que sabiduría, haber hecho las paces con los ya para entonces ilustres moradores. Y con el señor Bernard llegó Vicente que, si de vida de ultra muros hablamos, fue  el más docto en la materia. Tal fue su renombre que llegó a ser el requerido oráculo de constantes consultas, pues  nadie que llegase ávido de misterios se iba defraudado. El señor Bernard lo había contratado de niño y nada se sabía de su familia. Vicente era un joven vivaz y siempre dispuesto. Hacía  las veces de botones, conserje, plomero, electricista y, lo que  era más importante, intérprete entre el mundo de los mortales y la vida de ultra muros.

Cuando Vicente reveló que entendía y escuchaba mejor que nadie los sonidos nocturnos, lo  primero, fue motivo de escarnios y risas, lo segundo, nadie lo dudó, pues Vicente tenía dos orejas disparatadas, enormes, tan superlativas como dignas de un poema de Quevedo.

-Con esos dos radares puede escuchar los ratones de todo Ámsterdam- comentó con sorna el cocinero.

Así, Vicente se hizo el blanco de todas las burlas. Era común  escuchar al señor Bernard que, enojado por algo y para jarana de todos los presentes, lo mandara a hablar con las paredes. Los motes estaban a la orden del día, que “hombre rata” por aquí,  que “don ratón” por allá, o cualquier cosa que rimase con  rata o ratón. Y cada tarde, cuando iba por cerveza, era seguido por una turba de mocosos que saltaban imitando a los ratones y hacían mofa de sus orejas.

Creímos que pasábamos de burladores a burlados, cuando vimos a Vicente recibir dinero de una pareja de naturistas suecos para comprar comida a los roedores. No sé cuánto queso llegó a los ratones, pero esa semana se vieron pasar varias cajas de cerveza para la buhardilla del último piso. Una que otra vez, Vicente aceptó comida para las alimañas pero, más habituales eran los diezmos que dejaban quienes creían en el cuento de las almas en pena.

Pero pese a lo pujante del negocio y la inesperada fama del hotel, Vicente se  fue ensimismando, se fue haciendo callado y receloso. Sólo alguna que otra vez, cuando algún distinguido huésped quería conocer al joven que habla con los muros, él  señor Bernard lo hacía llamar y Vicente abría la boca para contestar a las preguntas de: ¿Por qué lloran los muros? o ¿por qué pelean los ratones?; entonces, inflaba el pecho y como un niño obediente recitaba: “no lloran ni pelean, sino que sueñan…sueñan con salir…viajar…partir…” y cuando decía esta última parte, la voz se le cortaba en una entonación poética y extraviaba los ojos mas allá de los rostros que lo escrutaban, que ya para entonces, habían perdido las sonrisas socarronas del principio ¡Daba gusto verlo! Nadie en el hotel se quería perder el espectáculo del escueto y sentido relato, ni tampoco ver cuánto de propina recibiría. Era el momento en que las burlas quedaban de lado. Vicente lo sabía, y había hecho de esto un ritual sacro en el que se cargaba con el respeto de todos.

Pero un hecho cambiaría  para siempre la vida en el hotel Saint German. Fue en  víspera de primavera. El edificio fue alquilado por una revista para ser usado como set de fotografía. Una espigada modelito era fotografiada de los  cuatro costados mientras bajaba saltarina las escalinatas del hall central. Era tal la gracia de sus largas piernas, que nadie habría reparado en el sombrero de plumas que remataba su figura si, de uno de los penachos, no se hubiese descolgado un ratón. El escándalo ganó la escena y la publicación puso el grito en el cielo. El ayuntamiento repartió multas como caramelos,  sin olvidarse de una clausura que no prescribiría hasta no concretarse una fumigación.

Hubo magros intentos vecinales para salvar a los roedores, junta de firmas, amparos judiciales y hasta una marcha pidiendo por estos habitantes históricos. Por supuesto que fue Vicente quien tomó la voz cantante en esta defensa. Dios sabe cómo pataleó, cómo rogó y hasta  lloró. El señor Bernard se mostró compungido, pero resuelto a terminar con el problema.

Y así fue, que en la clara mañana de la ya llegada primavera, una enorme carpa de nylon cubrió los ocho pisos del edificio. Todo el mundo buscó el rostro de Vicente cuando un humo espeso comenzó a llenar la carpa. Sus orejas venosas se transparentaban al sol y sus labios, más delgados que nunca, se apretaban en una mueca amarga. En una demostración de destreza y para admiración de todos, de dos saltos y previa revolcada se perdió en las escalinatas del edificio.

La fumigación no fue todo lo eficaz que prometía.

El señor Bernard, poco amigo de los dimes y diretes, hizo deslizar, no tan por lo bajo, que Vicente había cobrado su último sueldo antes de irse en el primer ferry de la tarde. Sin embargo, hubo algunas personas inquietas y exaltadas que no quisieron creer en el artilugio apurado del comerciante hotelero. Y, en efecto, no son pocas las veces que apoyada en los muros del edificio, a modo de ofrenda de algún trasnochado, amanece olvidada una cerveza.

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