En los Abruzos

[Paula Pico Estrada]


Era vostra o pure papalina?”, pregunta S., romano, a G., napolitano. Hablan de la ciudad de Chieti, en la región de los Abruzos. El amigo napolitano confirma: Chieti no era del Papa rey, sino que pertenecía al Reino de las Dos Sicilias. Quizás eso explique la dulzura de sus habitantes y los preciosos balconcitos de hierro forjado que se asoman sobre el centro histórico. Como toda belleza con conciencia de serlo, Chieti no se entrega de inmediato. El ascenso en auto es el ascenso a una ciudadela oculta; en este caso, por feos edificios modernos. Pero cada vuelta del camino va dejando a la vista, como la cáscara de una naranja que cae en espiral, el viejo origen de la ciudad, que es más antigua que Roma y de cuna superior. No fue fundada por el sobreviviente fugitivo de una polis vencida, sino por el héroe que la derrotó. Remeras, estatuas y platos muestran a Aquiles ecuestre, enarbolando un escudo cuyo célebre bajorrelieve ha sido transformado en una cruz blanca, que lo divide en cuatro secciones. En cada una de ellas, una llave, símbolo de las cuatro puertas de la Chieti medieval. Es el emblema de la ciudad, al que rodea una cinta que dice: “Teate Regia Metropolis Utriisque Aprutinae Provinciae Princeps”. Teate, ciudad regia, primera entre las dos provincias del Abruzzo (Ulteriore y Citeriore), nombrada por el colérico Pélida en honor de su madre, Tetis.

Hay que decir, sin embargo, que la descendencia de Eneas tuvo su venganza. En 304 a. C., después de haber peleado duramente contra los romanos, Teate firmó la paz o fue vencida por ellos. (Depende de quien lo cuente.) De la nueva convivencia dan testimonio las termas, un teatro y un grupo de templos, ruinas especialmente encantadoras por su pequeño tamaño y por estar ahí, incrustadas en medio de la ciudad, a pocos pasos de la magnífica catedral de San Justino y del animado Corso Marrucino, donde los vendedores ambulantes se hablan a los gritos de puesto en puesto, casi obstruyendo la fachada art nouveau del Gran Caffé Vittoria. Si uno persevera en abrirse paso, y llega hasta la Vía Porta Napoli, se topa con una imponente propiedad pontificia, el Seminario S. Pio X. Hay que bordear sus muros, y avanzar por un boulevard flanqueado de árboles, para llegar al santuario que alberga a la verdadera estrella arqueológica de Chieti, anterior en el tiempo a romanos y cristianos. Es el misterioso guerrero de Capestrano, una escultura en piedra de unos dos metros de altura, con los brazos plegados sobre el pecho y la cabeza cubierta por lo que solo puede ser descrito como un gigantesco sombrero mexicano. Sus caderas y muslos son tan anchos que más bien parecen ancas; lamento decir que donde yo ví la parte inferior de un centauro, más mula que caballo, algunos ven la de una mujer e hipotetizan sobre si es guerrero o guerrera. La estatua data del siglo VI antes de Cristo y, como perspicazmente observa un amigo alemán, cualquiera sea el ángulo desde el que se la mire parece un bajorrelieve, aunque tenga tres dimensiones.

Alemanes, argentina, inglés, italianos, franceses, japonés: estamos todos en Chieti en ocasión de un congreso sobre la obra de Nicolás de Cusa (1401-1464). Concluye el primer día y ya he sido sorprendida con las manos en la masa (literalmente) varias veces: “Sempre con un dolcetto in mano”, me dice con simpatía uno de los organizadores. No hay respuesta posible, porque no se puede hablar con la boca llena, y la mía sigue llena durante los tres días que dura la visita: pastelitos dulces, ravioles rellenos de pecorino y pera, asado de cordero. La hospitalidad de nuestros anfitriones, el profesor Enrico Peroli de la Universidad Gabriele D’Annunzio de Chieti-Pescara y su equipo, los profesores Andrea Fiamma y Federica de Felice, no afloja. Varias ponencias son sobre el diálogo De sapientia, en el que Nicolás de Cusa juega sobre la raíz común entre “saber” y “saborear”. Nada más apropiado para describir el encuentro en Chieti, en el que la sabiduría se despliega en sus variados sentidos. Falta un último festín: la excursión a la ermita de Pietro da Morrone (1209-1296), a.k.a. Celestino V.

Cuando murió Nicolás IV, y después de veintisiete meses de deliberación, los cardenales, reunidos en Perugia para escapar de la peste que devastaba Roma, eligieron como sucesor al anciano Pietro da Morrone, que hacía treinta años que vivía en una ermita. Se dice que fue un títere de Carlos II de Nápoles, que hizo construir en su residencia una pequeña celda de madera, en cuyo interior se sentía protegido, y que los cardenales tenían que hablarle en dialecto porque no entendía el latín. Después de cinco meses, abdicó, y se dice también que el artífice de su renuncia fue el cardenal Caetani, que hizo perforar la celda de madera y todas las noches susurraba amenazas por un conducto, fingiendo ser Dios, que lo incitaba a volver a la ermita. La posteridad ha identificado a Celestino con aquel desconocido a quien Dante acusa, en el tercer canto del Infierno de ser “colui che fece per viltade il gran rifiuto”, o sea, aquel que perpetró, por cobardía, el gran rechazo. Todos estos chismes los aprendo leyendo el malicioso Absolute Monarchs: A History of the Papacy de John Julius Norwich (Random House, 2011).

Nuestro Virgilio, en cambio, es mucho más respetuoso. Se llama Nunzio Mezzanotte y es doctor en Letras y guía en el Parque Nacional  della Majella, hacia donde nos dirigimos en una combi. Gracias a él, me entero de que el paisaje montañoso, cubierto de bosques, cobija lobos, ciervos y jabalíes. (Y gracias a su grito de guerra, “Attenzione!”, con el que nos llamaba al orden, logro ver un jabalí corriendo al costado del camino.) El Parque tiene 75,000 hectáreas de extensión y es uno de los tres parques nacionales del Abruzzo, región donde el 36 % de la superficie es área natural protegida por el Estado. La Majella, el macizo que le da nombre, es de piedra caliza, y quizás sea su ductilidad para la construcción lo que a partir del siglo XI lo convirtió en sede de numerosas ermitas. Omitiendo deliberadamente los rumores pintorescos, el guía nos habla de Pietro da Morrone, que a los veinte años decidió convertirse en ermitaño y después de peripecias varias, que incluyeron ordenarse sacerdote y vivir varios años en una cueva, se estableció en las laderas de la Majella, donde fundó la ermita del Espíritu Santo, frente a la cual estamos parados ahora. A pesar de su voluntad de soledad, Pietro defendió frente a dos papas la congregación que, espontáneamente, se organizaba alrededor de él, y cuando tenía casi setenta años se fue caminando hasta Lyon, en Francia, para impedir que Gregorio X disolviese la orden que había fundado. La información es mucha y hay muchos escalones que bajar y que subir, más allá de la iglesia, reconstruida en el siglo XVI, más allá de las celdas de Pietro y sus compañeros, más allá de una inesperada cabeza del Padre Pío tallada en la piedra caliza. Por fin nos encontramos en lo alto, en un espacio vacío de todo, bajo una bóveda natural de piedra blanca surcada de oscuras estrías. Nunzio pide un minuto de silencio. Cielo, bosques, montaña y el sonido de un río que corre.

Al día siguiente, cuando tomo un taxi para ir a la estación de ómnibus, sigo envuelta en ese silencio, a pesar de que en el medio hubo una visita a la iglesia de San Tommaso Becket (¡sí!) y una cena en un castillo. Digo al chófer: “Ayer estuve en la ermita de Celestino V.” “¡Ah!”, me contesta, “Il grande rifiuto!”. Gracias a Nunzio, embajador de sabiduría, por una vez puedo aportar algo. “Parece que Dante no hablaba de Celestino”, le digo. “Rifiuto no hubiera sido el término técnico, sino rinunciamento. Además, cuando Dante escribió la Commedia, Celestino ya estaba in fama di santità.” El chófer oye y asiente, y yo espero que de ahora en más repita la nueva versión. Esa pequeña reivindicación de su nombre, me parece, es lo menos que puedo hacer para agradecer a Pietro por aquel majestuoso minuto de silencio. Entiendo su renuncia aun sin saber sus motivos. No hay poder temporal que pueda competir con el de la Majella.