Normita

De todas las palabras, la que siento que tambalea en una profunda ambigüedad, la que hábilmente resbala eludiendo su definición, es la palabra “noche”. Hay noches oscuras, claras, tenebrosas, pasionales, hay noche de brujas, noches de copas, e incluso, hay un sol de noche. Pero no siempre me fue tan difícil de definir, a mis catorce años, “noche” tenía un único significado: Normita.

Normita era una sobrina lejana de mi madre, que había venido de Bragado a pasar el verano en Buenos Aires. La ciudad, decía mamá, era un lugar peligroso para una chica de dieciocho años tan bonita. Debía cuidarse de los hombres que andaban a la pesca de provincianas ingenuas, y especialmente de los muy locuaces, “la palabra atrapa más que la belleza”, le advertía.

Jamás le permitió salir sola, así que era ella o alguna de mis tías las que la acompañaban en los paseos por la ciudad.

 

La primera vez que la vi fue en la cocina, yo estaba desayunando y ella entraba con su valija. No sé por qué, por la puerta de servicio. Era tan hermosa, que cualquiera diría que recordar con precisión a la valija de cartón, con los ángulos reforzados en metal y dos cinturones de cuero, solo se explicaría por alguna sinapsis defectuosa.  Pero no fue eso, Normita, con su pequeña valija en la mano parecía una foto, no de una mujer hermosa, sino de la belleza misma. Hoy, podría pensar en que esa imagen era una composición fotográfica perfecta, pero entonces la belleza no se explicaba, solo detenía o aceleraba el corazón, nada más.

Comunicarme con ella no me fue fácil, creo que recién pude pasar de los monosílabos después de un par de semanas. Entonces, cuando me contaba por ejemplo que había estado en el zoológico, yo podía al menos preguntarle por el color de la melena de los leones o si le había gustado el serpentario, y cosas así.

 

Hace poco leí en el diario “El País” una nota firmada por Humberto Eco donde aseguraba que lo bello “no es un concepto absoluto y no puede plantearse de manera atemporal”, fue durante esa lectura que recordé a Normita no porque crea que hayan cambiado los parámetros de belleza, al contrario, me atrapó la idea de lo absoluto. Normita, tenía el cabello de un negro tan negro que parecía caerle como una lluvia azul sobre su piel color arena, Normita era el absoluto de la belleza.

Ella salía a pasear casi todas las tardes con alguna de mis tías, aunque los lunes estudiaba piano con una profesora que le había puesto mi madre.  Para tocar, se recogía el pelo formando un gran rodete, su cuello quedaba  entonces al descubierto, recto como el de una bailarina.

De noche, después de cenar, después de ver televisión, cuando todos estaban dormidos yo me acercaba a su cuarto. No sé por qué lo hacía. Caminaba por el pasillo tanteando las paredes hasta sentir la madera del marco de su puerta.

A veces pienso que no era la curiosidad, sino el riesgo el que me llevaba como un sonámbulo a ese corredor oscuro, donde tan solo me quedaba un rato, apoyado contra la pared, tratando de oler su perfume y adivinar sus movimientos.

Ese domingo, mientras desayunábamos con Normita los dos solos en la cocina, se puso a contar que la ciudad le encantaba, que había estado por la avenida Santa Fe, viendo ropa con una de mis tías y se había comprado una minifalda de tela de jean.

-Mirá que linda me queda –me dijo, y se levantó de la silla para que yo pudiese verla. Me contó cómo la había elegido y que estuvo a punto de comprar una tableada que le caía muy bien. Yo no podía seguirla en su razonamiento, miraba sus piernas que parecían interminables detenidas innecesariamente por el borde desflecado de la tela.

Luego se sentó, y sonriendo me pidió que le pasase el dulce de leche. Untó una tostada y me la ofreció.

-¿Qué haces todas las noches en el pasillo? -preguntó mientras extendía su brazo para alcanzármela.

Ocasionalmente la vida nos enfrenta a situaciones extremas, a precipicios, a naufragios que nos superan de tal modo que la muerte pareciera lo más benigno que nos podría suceder.

-¡Uh! Te pusiste blanco. Te gusto ¿no? Esta noche voy a dejar la puerta de mi cuarto abierta. Si querés, entrá.

Lo curioso, lo inesperado, no fue que me invitase a entrar a su dormitorio, el cuarto en el que alisaba su cabello y pintaba su boca de rosado. Lo curioso fue que siguió desayunando sin hablarme, tan solo de vez en cuando me sonreía y me pedía otra tostada. Mi cuerpo estaba ahí, casi inmóvil, tal vez completando la  figura de un chico desayunando, pero dentro de ese muñeco mi corazón latía tan rápido que temía vomitarlo o que saliese por mi boca ,solo, huyendo de ese sitio, dejándome en la mesa comiendo la tostada.

 

Esa noche dudé, jamás había pensado entrar en su cuarto, sólo quería, como siempre, acercarme a su puerta y quedarme ahí. Pero supongo que tuve algo de valentía, porque después de quedarme inmóvil unos minutos, entré.

Normita estaba acostada, se había tapado hasta la cabeza y me hablaba desde abajo de las sábanas.

-Vení, acóstate a mi lado -dijo, y claramente vi el movimiento de su cuerpo copiarse en la tela mientras se hacía a un lado.

Yo tenía puesto un piyama con dibujitos de cohetes y planetas, en esa época me atraían los secretos del espacio, y mientras me acercaba me pareció ver en el pantalón como un movimiento atípico en nuestro sistema solar.

-Dale metete -me dijo sin destaparse; timidamente me metí en la cama hasta sentir su cuerpo.

Tomó mi mano izquierda y comenzó a deslizarla sobre su cadera.

-Estoy enamorado -murmuré y cerré los ojos. Ella, acercó su cara a la mía.

-¿Querés venir todas las noches? -me preguntó, en tanto al moverse sus labios tocaban los mios.

Le contesté que sí, y mi boca como la de un pescadito pareció darle un beso.

-Bueno, entonces cada vez que vengas traeme cinco pesos. Acá en Buenos Aires todo está carísimo.

La noche a veces se me escurre como un pez eludiendo un único significado, como si quisiese convencerme de que no hay absolutos, sino fragmentos y puntos de vista. Pero a los catorce años la vida se construía solo con emociones, y la noche era felicidad. La felicidad de saber que con lo que tenía ahorrado iba a poder volver al cuarto de Normita todas las noches de ese verano.

 

 

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