Triste balada para Parménides de Elea

Pappo nació en 1950. Creía que era mayor, Keith Richards es del 43, y en mi último sueño recurrente, tocan juntos. Lo del año de nacimiento parece una nimiedad, pero soy estricto con lo que sueño, no puedo evitar pedirle coherencia a mi subconsciente.  Un pedido vano, las reglas de la razón pierden su potestad de noche. Entonces, en la primera vigilia, cuando las imágenes todavía están en ese sitio cercano a la realidad, continúo la ensoñación agregando o quitando datos, afinando su verosimilitud. El argentino y el inglés tocan juntos canciones de los Rolling. Detrás de ellos, cuatro guitarristas flamencos rasguean la base, mientras llevan el ritmo taconeando el piso, por ejemplo, de “Paint it, Black”. El dueto es maravilloso, sus dedos suben y bajan por el mástil, rápidamente, tocando las mismas notas. Por momentos, parece como si los dos fuesen una única persona, los rostros siempre jóvenes se yuxtaponen y los dedos puntean en una guitarra espejada, doble. Cuando edito el sueño, los separo, Pappo queda entonces a la izquierda y Keith a la derecha. En el sueño, los guitarristas no se mueven, en cambio en la escaleta van llevando el ritmo cada cual con su particular estilo. Me gusta el contraste, uno algo rígido y el otro contorsionándose con la guitarra pegada como un miembro más de su cuerpo. La corrección es necesaria para mi orden mental. Cada cuál es uno, con sus características inmutables en el tiempo. Superpuestos me confunden, son dos, pero son uno y así, finalmente, no son nada. Pappo y Keith, son salvados en esos minutos de la superposición siamesa, de la falta de identidad. Solo me inquieta el que Pappo haya muerto, tal vez esto lo inhabilite y debiese reemplazarlo, no sé, por Ricardo Mollo, pero pienso en que por algo se han unido en estos sueños y eso merece respeto.

Hace veintiséis años que vivo en esta casa y otros tantos que duermo en esta cama. La casa es grande y jamás fue modificada. Las veces que la pinté, lo hice de los mismos colores que ya tenía. Cómo dije, todas las cosas tienen su propia e inmutable identidad. El frente es rosado y a la izquierda hay otra de la misma época, aunque de un celeste ajado, roído, descuidado. La vejez es una suerte de oprobio ¿verdad? Al menos no la han modificado. A la derecha, había una casona de estilo florentino, bellísima. Pude disfrutarla poco tiempo, fue demolida para construir una gran tienda a la que paradójicamente llamaron: “Tienda Florencia”. Sólo dejaron en pie parte de su fachada, dicen, como respeto a su arquitectura palaciega. Discrepo, yo creo que no han tenido el  poder para hacerla desaparecer completamente. En algún lado y de algún modo, su ser resiste, como los guitarristas en mis sueños, a los embates de los cambios.

En el cristal de su escaparate, solía ver reflejada mi figura solitaria y alta como un Quijote. Verme en ese espejo me tranquilizaba, uno sabe que es uno, pero un reflejo tan grande te constata, te verifica. Solo cuando el sol rebotaba en ese vidrio como lanza, y su brillo me enceguecía… dudaba. ¿Era yo esa  figura de luz? Entonces sólo bastaba que con la mano me peinase el jopo. La proyección quizás podría ser irreal, pero la suavidad del cabello entre mis dedos era el sello DIN de mi existencia. Luego el milagro, la figura en la vidriera comenzó a ser acompañada por otra. Nunca entendí porque Lucila me amaba, soy tan torpe y desgarbado. Pero supongo que el amor siempre es inmerecido. Nos parábamos frente a la tienda, ella mirando la moda en los maniquíes y yo mirándonos a nosotros. La figura era perfecta, como dije, yo soy alto y ella era baja. Una línea parecía pasar tangente a nuestras cabezas definiendo la diagonal de un rectángulo áureo.  En ese entonces mi sueño recurrente estaba formado por figuras geométricas. Era inquietante, comenzaba con decenas de polígonos que encastraban unos con otros revelando un Cosmos estático, único, imperecedero. Luego, sin más…la burla. Súbitamente el rectángulo estallaba y todo se llenaba de líneas, de segmentos lastimados, es decir: curvos. Mi tarea entonces era enderezarlos y volverlos a su sitio. A veces pasaba horas en la cama corrigiendo esa geometría desordenada. Los sueños no pueden ser otra cosa que desperfectos de la razón.

Cuando Lucila me preguntaba si la amaba, yo asentía con la cabeza. No creo haberle mentido, del mismo modo que no se si le decía la verdad. Lo curioso era su entusiasmo, me trataba como si yo hubiese sido un fragmento de su cuerpo perdido al nacer. “Sos mi todo” decía, pero… ¿si los dos juntos somos todo? entonces, ¿antes, éramos solo partes? Y si yo la constituyo, significa que lo que creía ser no era, ya que también yo estaba incompleto. Pero las cosas no son así, o en tal caso son las emociones las que las desdibujan.

El accidente ocurrió en primavera, el clima no es irrelevante cuando se queda dentro de un auto media hora cabeza abajo. Ella siempre tuvo los ojos abiertos, eso, y que colgábamos de los cintos asegurados es casi lo único que recuerdo. Hace poco que he regresado a la casa después de un mes internado, siquiera pude ir a despedirla. La casa estaba como siempre, con todo en su lugar preciso. Durante los últimos días, Pappo y Keith Richards han seguido tocando en mis sueños, curiosamente siempre la misma canción: “Knockig’ On Heaven’s Door”. Ahora estoy frente a la vitrina del escaparate, mi ser vuelve a reflejarse solo. Me miro y no veo ninguna cicatriz, la figura alta pareciera inmutable, imperecedera. Me paso la mano por el pelo para peinarme el jopo, y entre mis dedos no siento nada.

 

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