El secreto de mis años de gloria

Tomaba el tren en Retiro casi siempre persiguiendo a los vagones que se obstinaban en arrancar apenas llegaba al andén. En esa maniobra de correr y saltar al mismo tiempo yo funcionaba como un gran resorte picando sobre el cemento. No sé cómo me vería en el aire con el uniforme del cole, tal vez como un torpe muñequito, lo cierto es que yo me sentía volar.

Era un viaje de solo tres estaciones  desde Retiro hasta Villa del Parque el que hice cada uno de los días de tres años del secundario. Cuando nos mudamos a Palermo, mis viejos querían cambiarme de colegio, pero los convencí, o se dejaron convencer, de que lo mejor era seguir con mis amigos de siempre. El tren iba recogiendo, al estilo de las combis anaranjadas, a los pibes de Chacarita y Paternal. A veces nos buscábamos para viajar juntos, aunque sin demasiado entusiasmo, en general nos gustaba viajar solos.

En esos miles de viajes pasaron cosas extraordinarias. El Bocha, que en segundo año era mi mejor amigo, canchereaba con que una vez había estado con “La sindientes”.

“La sindientes” viajaba en la cabina de la locomotora y entre Chacarita y Villa Devoto, ofrecía sus servicios bucales con el maquinista como improvisado proxeneta. Contaba que su liberación hormonal fue a la altura del cartel de la inmobiliaria “Jakim propiedades”, el que está pegado a las vías. Yo creía que dado este antecedente, de grande iba a ser broker, pero no fue así; me lo encontré hace unos años haciendo un trámite, “Soy ortodoncista”, me dijo, regalándome una sonrisa perfecta.

Yo a “La sindientes” nunca la vi, y creía  que tal vez  podría haber sido un mito ferroviario. Sin embargo, El bocha, no solo juraba su existencia, sino que aseguraba que ella  me conocía y que además yo le gustaba, en realidad que le gustaba mi pelo que era muy rubio, y según le dijo: un día se iba a teñir del mismo color, se pondría bien linda y me iba a levantar.

El San Martín, de todos modos, tenía su propia flota de personajes; vendedores ambulantes, malabaristas, mendigos y falsos contrahechos, me acompañaban en esos viajes al colegio.

Al señor Peralta, lo vi solo una vez cuando yo estaba en  tercer año, y fue tan extraordinario ese encuentro, que modificó irremediablemente el curso de mi vida.

-Para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, no son tres ni cuatro, son cinco peines. Aprovechen que entrego gratis, además, el infalible “barre-piojos”.

-Ya voy señora, como no caballero –decía el vendedor a inexistentes compradores.

No le di entonces importancia a la oferta, era una más de las tantas que amenizaban el viaje, sin embargo, cuando llegó a mi lado, se sentó en el asiento que estaba libre y me comenzó a hablar.

-Mirá pibe, la gente no termina de conceptualizar la esencia del peine, viste. Me refiero a la esencia ontológica, y no a la definición aristotélica de objeto físico. Vos me entendés chabón, el peine comunica lo universal con lo individual, por eso, es de algún modo mágico. –Decía esto sin mirarme, reordenando y guardando prolijamente los que le había mostrado a los pasajeros en bolsitas de plástico- Las ideas son productos neuronales y  tienen entidad en el mundo físico, son pura corriente eléctrica. ¿Viste la estática del peine fino? En parte, es ese magnetismo el que abomba la cabeza de la gente. No saben peinarse, se peinan con criterio estético, tratan de contrarrestar la disonancia de las ondas naturales del cabello buscando mitigar la fealdad, digamos,  en un criterio Kantiano, pero el peine fino les magnetiza parte de las ideas y ya se sabe, un todo al que se le quitan partes, sigue siendo un todo, pero un todo más chiquito, más básico, finalmente un todo medio estúpido. Saber peinarse es un arte, o más aún, es una obra del arte. ¿Me entendés?

Peralta me parecía una extraña mutación del profe de filo, sólo eso. A los quince años todo te sorprende, pero nada te asombra, la vida es un espacio desconocido y cada día se te presenta como una gran incógnita, como un  teatro donde no sabes qué obra van a dar.

-Es así pibe, no sé, cuando te vi me pareciste un tipo piola y con esa melena que tenés…es como que los peines me hablan, como que me dicen que vos podrías ser el indicado. Ya te habrás avivado que flotamos en una inercia vacía, inocua, donde el adormecimiento va aumentando con la edad. Cualquiera sabe que un niño es infinitamente más sabio que un adulto, que un chiquito de salita verde, tiene más capacidad para entender lo abstracto o lo absurdo, que cualquiera de los giles de este vagón.  Bueno, vos estás ahí en el medio, perdiendo tus capacidades, adquiriendo costumbres. Pero sos consciente, y eso te hace distinto a la gilada. Ojo, te aclaro  que el peine no tiene toda la culpa, es una herramienta, y depende de cómo se la use. –El tipo ahora me miraba y yo también lo miraba a él. Era un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, al estilo oficinista.

-Porque me cuenta todo esto a mí… señor…. –por fin me servía de algo haber leído Conan Doyle, repitiendo una de las frases preferidas de Sherlock Holmes, la frase que debe completar el otro, en general, el sospechoso.

-Señor Peralta –dijo y continuó- Porque estoy cansado de que nadie entienda nada. Vendo los peines y tengo la esperanza de procurar el descubrimiento, el: ¡Eureka! Pero en general no pasa nada, solo gente peinadita. Así que pibe, te elijo a vos. Es pura intuición, es decir, puro conocimiento como diría Hegel o Schopenhauer. Aunque en Hegel podría  ser un preconcepto, un conocimiento apriorístico que es algo diferente. Como sea, te voy a dar un peine.

El señor Peralta sacó un peine de su bolso. Era un peine común de dientes anchos en un extremo y finos en el otro. Pasó un dedo por las puntas y el peine sonó como un piano.

-Sos vos el que va a tener que dominar su poder. Cuando te lo pases por el pelo vas a sentir que los pensamientos se te van a ir mezclando. La gente, cuando le ocurre esto, cree que está un poco mareada, por eso, estate atento para cuando te pase. Un pibe jovencito como vos, seguramente aún cree que tiene pensamientos originales. Pura desinformación, pura ignorancia, nada de lo que pensaste hasta ahora te pertenece. No digo que seas chorro, solo te falta la calle suficiente como para darte cuenta de que ser original es casi imposible. Pero el peine te puede ayudar. Al magnetizar las neuronas, desarticula la estructura de las frases, porque pibe, los pensamientos no son otra cosas que frases endurecidas. En fin, vas a tener en ese peine “una caja de herramientas” como decía Focault, sacá el martillo y dale a las frases de piedra, hacelas pelota y luego, arrancá de nuevo. Pibe, te doy la varita mágica, no hagas quilombo. ¡Ah! Para que no se te pinche con el tiempo, cada mes hacé una obra de bien, hay que compensar, viste, no te olvides, o se puede ir todo a la mierda. Bueno me voy. –Sin decir más el señor Peralta se levantó y se fue hacia el vagón siguiente donde siguió ofreciendo sus peines. Jamás lo volví a ver.

En cuanto a mí, ya lo saben, por años fui el tipo más admirado del planeta, no había mujer que no quisiera conocerme, ni jefe de estado que no me pidiese una reunión. La capacidad de ordenar adecuadamente los pensamientos me abrió las puertas del mundo. No me costó demasiado dominar al peine, las instrucciones de Peralta fueron precisas. Me fui perfeccionando hasta peinarme frente a una cámara de video. Entonces me filmaba mientras ordenaba mis cabellos, hablándole al micrófono mientras la epifanía me envolvía en un éxtasis de lucidez.

 

Fui el tipo más exitoso del planeta hasta los veinticinco años, en que una alopecia autoinmune, terminó en cuatro meses con todas mis capacidades. Al provocarla mi propio sistema inmunológico no tuve remedio posible. La cagada la hice yo. Me compliqué, ¡qué le voy a hacer! Tener todo lo que se desea no es joda, te hace fluir entre los demás que van más lento y la velocidad va aumentando y vos no tenés ganas de desacelerar. Tal vez por eso no  paré cuando la  señora de pelo platinado me agarró el brazo en la calle, “Rubio, ¿te acordás de mi?” me preguntó y sin dejarme caminar me dijo: “Me puse el comedor” y me sonrió. Estaba apurado y le saqué la mano, me fui mientras ella me decía cosas que no entendí con claridad. Durante una de las inútiles terapias de recuperación capilar  fue que caí. Cómo algo tan mínimo puede destruir algo tan grande. Lo perdí todo. Hoy creo que el destino comenzó a gestar el argumento de esta farsa aquel día en el vagón del San Martín.

No niego que en estos años la pasé bien, pero el precipicio fue terrible.

“Solo alguien que haya llegado tan alto podrá entender lo que se siente en la caída, y nadie llegó tan alto como yo”, le dijo Edipo de Tebas, ya ciego, a un caminante que lo quiso consolar.

Qué raro ¿Me parece a mí, o estoy hablando como el señor Peralta?

 

 

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Julio Mandelbaum