Entre amigos

Hay tipos de los que me gustaría ser amigo, de Belgrano, por ejemplo. A Manuel lo tendría que haber conocido en su etapa maníaca, cuando creía poder vencer al mismísimo Imperio. Imagino que alguien nos ha presentado unos días antes de la batalla de Tucumán. Él tendría la fe ciega de quien anhela cambiar el futuro y yo el desgano del que lo conoce, aunque claro, me dejaría  llevar por su imprudencia. El problema surgiría si me invitase a la batalla, tendría que darle  excusas para quedarme en la retaguardia, la sangre me impresiona aunque sea poca, lo mío es hablar. Creo que para esa fecha la bandera ya había sido creada, lo cual obviaría mis recomendaciones. No es por nada, pero el diseño es bastante light. La bandera yankee por ejemplo, con todas esas rayitas y estrellas da invasión. Supongo que a la argentina Manuel la pensó como negativo de la española, celeste mata rojo, blanco mata amarillo o algo así, o tal vez, como dicen, se inspiró en el cielo un día en que por suerte no estaba nublado, aunque un rayo dorado cruzándola en diagonal le hubiese quedado bien. Pero el gran amigo que me gustaría tener es San Martin. Prefiero al San Martín adulto, el que vivía en Gran Bourg. Me quedaría horas en esa casa que mira al mar, oyéndolo contar sus recuerdos seguramente modificados por la distancia y la decepción. Yo aportaría lo mío, soy bastante bueno jugando al ajedrez. Este último 17 de agosto lo recordaron como “el gran emprendedor”, sin duda lo fue y yo no tengo nada contra los emprendedores. Aunque de los emprendedores me cae mal Mussolini. Al tipo le reconozco su estilo para la moda. Vestirse todo de negro está bueno, y hay que aceptar que en eso fue un visionario, pero nada más. Hitler sí que fue emprendedor, y a mí también me cae mal. Si no hubiese emprendido nada, el pueblo de mis bisabuelos en Polonia aún existiría y yo tendría unos cuantos parientes más. Finalmente, todo es una cuestión de puntos de vista. A San Martín prefiero verlo como “el gran Libertador”, además, esa otra visión tendría consecuencias muy extrañas, el Museo de Artes Decorativas quedaría en la “Avenida del Emprendedor y Bustamante”, no sé, a mí me suena demasiado a Real State.

A veces pienso que yo podría haber vivido en la Grecia de los presocráticos. Me imagino de guardapolvos blanco yendo a la escuela pública de Éfeso, pasando por las enormes columnatas dóricas, o jónicas, o corintias, no sé, pero los griegos metían columnas por todos lados. Bueno, pasaría por ahí para ir a la clase que tendría unos pupitres de mármol blanco, con el agujerito para el tintero.

-Mami, voy al río con Heráclito, vuelvo para el Toddy.

-¡Ya te dije que con ese pibe no quiero que salgas! Cuando volvés te veo raro, cambiado. ¿Porque mejor no vas a la casa de Parménides a contemplar la nada?

-¡Pero mami, Parménides vive en Elea, tengo que tomar tres bondis y un ferry! Además es un aburrido. ¡Yo quiero ir al río! Te juro que después hago la tarea.

Con Clito la pasaría bomba. Iríamos a ese río que nunca es el mismo, le tiraríamos piedras a los pajaritos y hablaríamos del devenir y de esas cosas que hablan los chicos.

No sé porqué las madres siempre censuran a tus mejores amigos. Si uno les hace caso se va quedando con los más aburridos o con los más seductores. Es que las madres también son engañadas en su buena fe. A la mía le hubiese encantado que yo fuese amigo de Robledo Puch. El pibe era un rubiecito de Vicente López, con cara de ángel. Y hablando de ángeles, otro que le hubiese gustado es Astíz. Es que juzgaba por las apariencias la vieja, y estos dos eran lindos pibes, con cara de buenitos. Yo no hubiese sido amigo de ninguno, básicamente, no me gusta andar matando serenos, ni tampoco secuestrando monjas. ¡Qué tema el de las madres que nos eligen a los amigos! creo que  son tan superficiales por falta de tiempo, no pueden profundizar demasiado con todo lo que tienen que hacer. Uno busca afinidad y ellas no lo entienden. A Kafka por ejemplo, me lo hubiese bochado. Su cara es idéntica a la de Ángel Di María, tipo laucha, muy flaco, desgarbado y las madres prefieren a los que tienen pinta de winner.  Bueno, en este caso coincidiríamos, es que era muy depresivo el muchacho. No es que me preocupe ser amigo de un tipo que se convierte en cucaracha, pero parece que Kafka andaba todo el tiempo arrastrando una visión pesimista de la vida y a mí me gusta verle el lado festivo.

Otro con el que me hubiese llevado espectacular es con Toulouse Lautrec. Por fin tendría un amigo más bajo que yo. Los enanos son rejodones, lo digo porque un poco soy del palo, aunque yo sería el enano más alto del mundo con mi metro sesentaicinco. Tyron Lanister, por ejemplo, es un capo. Pensándolo bien, lo prefiero antes que a Toulouse Lautrec, es cierto que con él andaríamos de gira por los prostíbulos de París dándole al champagne mientras pintamos al óleo prostitutas vestidas, pero garpa más el enano de Game of thrones. Me imagino recorriendo los siete reinos siempre de joda en joda, al amanecer nos tiraríamos sobre una alfombra persa, medio borrachos y hablaríamos de la vida, es que además del vino y las mujeres a los dos nos interesa profundizar, encontrarle un motivo, por ejemplo, a  que hacemos en este mundo tan cruel. Ricardo siempre le gustó a mi madre, nos conocimos en segundo año cuando él vino al cole y ahí nomás nos hicimos amigos hasta la semana pasada en que murió. A mi mamá le caía bien porque el pibe completaba la ficha del amigo perfecto, era alto, simpático, estudioso, es decir éramos bien diferentes, sin embargo, la afinidad parecía estar ahí, en la diferencia, de hecho yo formaba primero en la fila y él, último. Terminamos la secundaria y cada cual comenzó su carrera, las dos en la ciudad universitaria. Solíamos comer juntos en el bar de arquitectura, ese lugar inmenso lleno de carteles con los nombres de los pibes desaparecidos, o en el de exactas, mucho más prolijito. Si no fuese por él yo no hubiese estudiado nada, siempre me copó leer, pero nada más. Ricardo me insistió, parecía un papá, o una mamá cuidándome, supongo, de mí mismo. A lo mejor las madres nos buscan el amigo perfecto por eso, para que nos cuiden, como preparando la cosa para que un día fuesen su reemplazo. Cuando murió Ricardo pensé en dejarlo todo e irme a vagar por el mundo que es lo que siempre quise. Pero la rebeldía no me duró mucho, es que me recibí hace dos años y bueno, tomé responsabilidades, es medio bajón esto de ser adulto. A Ricardo le salió un grano de mierda en el costado de la frente. Después ese grano se transformó en otra cosa, y otra, hasta que el puto grano estaba en todas partes, así se murió, por un grano. Bueno, lo primero que le pediría a Tyron Lanister es que me presentase a Khaleesi. La rubia está muy bien, pero obviamente lo que busco es subirme al dragón y poder volar hasta esa estepa helada donde acampa el Ejército de los muertos. Luego gritaría ¡DRACARYS! con todas mis fuerzas y el dragón escupiría fuego hasta quemar a cada uno de esos seres oscuros que nos quitan a los que más queremos. Sí, Lanister sería mi amigo perfecto ahora que ando necesitando un remplazo; dicen que esos huecos ya no se vuelven a llenar, no lo sé, la vida parece estar hecha para seguir y no detenerse ante nada. Sí, eso hablaría con Lanister la primera noche, después de la ronda, después de las putas, medio en pedo, así, en ese sopor donde se suele encontrar la verdad.

 

 

 

Julio Mandelbaum