Luterolandia

[Paula Pico Estrada]

 

 “Aquí estoy, de pie. No puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude. Amén.” Durante los últimos 500 años la escena ha sido narrada y representada más veces de las que se pueden contar. En abril de 1521 Martín Lutero era un monje agustino de 37 años. El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, el joven Carlos V, le había ordenado presentarse frente a la reunión de la Dieta Imperial en la ciudad de Worms para explicar sus escritos. El Papa ya lo había excomulgado y la intervención del Emperador era resultado de los esfuerzos diplomáticos de la corte de Sajonia, que protegía a Lutero. Se trataba, pues, de una segunda oportunidad. Tanto los testimonios de la época como las versiones contemporáneas, ficcionalizadas o históricas, subrayan la diferencia entre el monje tonsurado, más bien petiso, vestido de negro, y los príncipes que lo interrogaban. Sombreros, cadenas de oro y medias de seda para Carlos V y los electores laicos; mitras, armiño y suntuosas capas carmesí para los príncipes electores de la Iglesia. No obstante la aparente disparidad de fuerzas, cuando el orador imperial, después de algunas idas y vueltas, le pidió que contestara sencillamente si se retractaba o no de sus escritos, Lutero contestó: “A menos que me convenza el testimonio de las Escrituras o una razón evidente (pues no creo ni en el Papa ni en los concilios, ya que consta que se han equivocado muchas veces y que se han contradicho), estoy sometido a los escritos que presento y, porque mi conciencia ha sido cautivada por la Palabra de Dios, no puedo ni quiero retractarme de ellos, puesto que actuar contra la conciencia no es atinado ni íntegro”. Estas son las palabras que, en latín, registran las actas oficiales. La versión, también en latín, del humanista Felipe Melanchton las recoge. Aunque agrega, en la lengua alemana que Lutero ayudó a configurar, el famoso “Aquí estoy”: “Hie stehe ich. Ich kan nicht anders. Gott helff mir. Amen.

Es verano en Berlín y la ambiciosa catedral está casi vacía. La gente está en la calle, haciendo cola para pasear en barco por el río, pedaleando sus bicis, almorzando al aire libre. Nada recordaría los sucesos de Worms si no fuese por los carteles estrechos, de fondo rojo y letras blancas, que bajo la leyenda “Am Anfang war das Wort” (“En el principio era la Palabra”) reproducen una versión estilizada del rostro de Lutero que tantas veces pintó Lucas Cranach: los ojos pensativos, la mandíbula inapelable, el bonete negro desafiante. Los carteles aparecen de forma aleatoria, sobre el costado de un colectivo, impresos en algún globo semidesinflado, como decoración de una torta que se luce en la vidriera de una confitería y, finalmente, de modo más previsible, invitando al culto en la puerta de una iglesia. El 31 de octubre de 2017 se cumplen 500 años del comienzo simbólico de la Reforma, es decir, del día en que Martín Lutero dio a conocer 95 afirmaciones polémicas en contra de la supuesta eficacia de las indulgencias que, con el permiso del papa León X, vendía el arzobispo de Brandeburgo y Maguncia. Los festejos por el Jubileo ya llevan una década, die Lutherdekade, y son desarrollados en forma conjunta por la Iglesia evangélica alemana y el Gobierno federal, con la idea de que la Reforma no fue solo un hecho religioso, sino que formó culturalmente a Alemania y tiene un significado profundo todavía hoy.

¿Qué tendrá que ver?, me pregunto. ¿Qué tendrá que ver Lutero con esta sociedad, compuesta por un 30 % de protestantes, otro 30% de católicos y otro 30% de agnósticos? Del 10% que queda, una mitad se reparte entre una variedad de creencias, de origen cristiano algunas, oriental las otras; la mitad restante son musulmanes. Ese 5% predomina en el sector en que estoy parando. Situado a unos seis kilómetros hacia el norte de la Puerta de Brandeburgo, a fines del siglo XIX Wedding era un barrio obrero que en los años veinte llegó a ser conocido por su activismo procomunista y antinazi. Hoy es hogar de una comunidad africana y de otra china, pero lo que salta a la vista en la zona en la que estoy son las tiendas con carteles en turco y en árabe y muchas familias jóvenes, empujando cochecitos de bebé, las madres con la cabeza y el pecho cubiertos por un velo. La Alemania histórica es compleja y la Alemania contemporánea, multicultural. ¿En qué medida se puede afirmar hoy que la Reforma luterana le haya dado una identidad?

La primera pista la oigo de un escritor musulmán, Feridun Zaimoğlu. La frente ancha y las cejas triangulares le dan una expresión alerta; la campera de cuero y los jeans negros, un aire de rockero chic. Deliberado, sin duda, porque lo completa con gruesos anillos de plata, parecería que uno por dedo, y una cadena que cuelga del cinturón, festonéandole el anca derecha. Poeta, novelista, artista plástico y activista político, Zaimoğlu publicó en marzo de este año Evangelio, una novela sobre Martín Lutero. Para explicar su admiración por el personaje, a quien llama “uno de sus héroes”, recuerda su propia infancia. Tenía un año cuando sus padres inmigraron de Turquía a Alemania, y creció en la década del sesenta en una zona obrera de Munich, sin poder apropiarse de esa lengua y cultura tan extrañas a su hogar. A los once años, revisando la biblioteca pública de su barrio, dio con un libro. No sabía qué era y casi no entendía el contenido. Pero el sonido solemne de las palabras, la construcción rítmica de las oraciones, los giros y las metáforas populares expresados en un idioma luminoso, tan diferente de la jerga callejera de sus amigos del colegio, le abrieron de golpe las puertas a un mundo nuevo, uno de cuya construcción podía participar. Desde aquel primer encuentro, Zaimoğlu ha leído la traducción de la Biblia que hizo Lutero una docena de veces más. “Es mi maestro”, dice, “es el maestro de la lengua alemana”.

La expresión da en el clavo. Lutero es el maestro, no el creador. El revisionismo contemporáneo se ha ocupado de deconstruir el mito nacionalista según el cual Lutero inventó el alemán y unificó culturalmente a Alemania por medio de su traducción de la Biblia. Ya en época de Carlomagno (748-814) había aparecido, por la voluntad educadora del Emperador, una serie de traducciones de pasajes bíblicos a antiguos dialectos alemanes. En el siglo XIV empezaron a surgir biblias completas y sobre una de estas se basó la Biblia de Mentel, en 1466 (Lutero nació en 1483). Sin embargo, ninguna de estas versiones, hechas a partir de la traducción al latín realizada por san Jerónimo en el siglo IV, tuvo el destino histórico de la Biblia que Lutero empezó a traducir en el castillo de Wartburg. Cuando murió, doce años después de la publicación de la versión completa, la mitad de los hogares de Alemania tenía un ejemplar de die Lutherbibel, la Biblia de Lutero. El éxito lo explica involuntariamente el mismo traductor, en una carta que escribe defendiendo su versión de la Epístola a los romanos de san Pablo: “He intentado hablar en alemán, no en griego o latín, ya que mi empresa es la de alemanizar”.

Alemanizar: como la de Carlomagno, su predecesor en la difusión del texto sagrado en lengua vernácula, la empresa de Martín Lutero fue la educación. Incluso una cronista como yo, que no se sienta a conversar con desconocidos en los cafés ni visita hogares de familia y que observa Alemania con la ñata contra el vidrio, recibe lentamente la impresión de que la educación es un desvelo central en este país, empeñado en construir una cultura en la que todos sus habitantes puedan reconocerse. Sí, tengo la ñata apoyada contra el vidrio, pero hay que confesarlo, del lado privilegiado. Supe que la catedral de Berlín estaba casi vacía porque atendí el servicio religioso sentada en el palco imperial que el Kaiser Guillermo II hizo construir para él y su séquito. A falta de séquito, comparto el palco con quince compañeros de viaje, todos de diferentes países, todos invitados por el Ministerio de Relaciones Exteriores del gobierno alemán a recorrer los lugares claves de la Reforma, asistir a conferencias y participar en reuniones con representantes del diálogo interreligioso. Sea nuestro interlocutor un obispo, un rabino, un empresario, un periodista o un funcionario público, un denominador común atraviesa las conversaciones que tenemos: la conciencia de la clase dirigente alemana de que son responsables de educar a las personas a las que representan. Uno de los fantasmas que hoy recorren Europa es el nacionalismo y Alemania protagonizó la peor especie de este género que el Occidente contemporáneo haya conocido. La pregunta permanente, la pregunta que nunca se deja de lado es ¿cómo pudo suceder el nazismo? El arma a la que se recurre para evitar que el huevo de la serpiente vuelva a empollar es la educación. Como las últimas elecciones han puesto en evidencia, eso no evita los sobresaltos.

Un cuadro encantador llama mi atención en la muestra Der Luther Effekt. Es El templo de Lyon, llamado Paraíso, del artista francés Jean Perrissin (1536-1616). Muestra una estructura circular de piedra, sin otro adorno que los vitrales. El anfiteatro, los bancos, las vigas y, en el centro, el púlpito son de madera. Frente al púlpito, de donde se asoma el pastor, están sentados un hombre y una mujer. No son los detalles rituales de la boda los que hacen que me detenga a mirar la escena, sino los asistentes. Hombres y mujeres vestidos de negro y de color, con la cabeza cubierta y con la cabeza descubierta, orando, curioseando o charlando, un perro con bastante aspecto de vagabundo, varios chicos. Todos, niños y niñas, tienen un libro en la mano. La instantánea muestra, sin duda, uno de los efectos de Lutero que esta exposición quiere ilustrar.

Ya en 1520, todavía no excomulgado, en el escrito A la nobleza cristiana de la nación alemana pedía a los príncipes la fundación de escuelas de niñas en todas las ciudades. Tres años después, como consecuencia del movimiento reformista, las instituciones educativas dependientes de la iglesia de Roma estaban desapareciendo y se hacía urgente crear nuevas. En A los magistrados de todas las ciudades alemanas para que construyan y mantengan escuelas cristianas (1524), Lutero, además de proponer un plan de estudios que incluye el estudio del latín, el griego y el hebreo, dice que las familias no están en condiciones de hacerse cargo de la educación de los hijos y que es a las ciudades, o sea, al Estado, a quien corresponde fundar escuelas y sostenerlas con el dinero que antes era entregado a Roma. El Sermón para que se manden los hijos a la escuela (1530) argumenta a favor de las profesiones de pastor, maestro de escuela, abogado y médico para convencer a los padres que por interés económico inmediato quisieran que sus hijos se dedicaran al comercio familiar. El escrito concluye con la consideración de que la educación debería ser obligatoria. Si nos suena conocido, no es por casualidad.

La educación popular como deber social del gobernante es una idea que los puritanos llevaron consigo a los Estados Unidos cuando desembarcaron en Massachusetts en 1620. Sobre la capital de este estado escribió con exaltación nuestro Domingo Faustino Sarmiento en 1848: “La ciudad puritana, la Menfis de la civilización yankee […]. En Boston se dictó aquella famosa ley de educación pública general y obligatoria de 1676, que ha preludiado a la habilitación del género humano.” Veinte años después, bajo su presidencia, empezaron a llegar a la Argentina desde Boston los maestros: sesenta y un maestras y cuatro maestros, cuya gesta ha sido investigada e ilustrada en el precioso libro Las maestras de Sarmiento, de Julio Crespo (Fundación Nueva Esperanza, 2007). Uno de ellos, John Stearns, fundó en 1870 la Escuela Normal de Paraná, donde, antes de partir hacia diversos destinos, las maestras que construyeron nuestro sistema educativo se formaban y aprendían la lengua. Vestigios del efecto Lutero en la Argentina: todos los días millones de niñas y niños, muchos de ellos hijos de inmigrantes, visten un delantal blanco, izan la bandera, reciben educación laica y gratuita y, desde hace casi doscientos años, van configurando un país en el que la empanada no es una comida más nacional que los varenikes, ni el asado que la chanka de pollo. Integración no equivale a uniformidad.

Los bosques brumosos visibles desde lo alto de la fortaleza de Wartburg inspiran pensamientos solemnes. A la distancia se descubre una pequeña ciudad, Eisenach, de la que Lutero dijo “ninguna ciudad me conoce tan bien como ella”. Allí hizo sus estudios secundarios, pensionado en una casa de familia, hoy conocida como das Lutherhaus, la casa de Lutero, una construcción típica de entramado de madera, cuadrada, con techo a cuatro aguas. Más anchas, más angostas, altas o bajas, pintadas de diferentes colores, todas relucientes, el entramado predomina en las casas de Eisenach y contribuye a que, a pesar de la llovizna, la ciudad parezca brillar como una cajita de música. ¡Después de todo, fue el hogar de generaciones de la familia Bach! Desde allí se puede ascender al castillo de Wartburg por un sendero llamado, cómo no, Lutherweg, el camino de Lutero. La caminata, más o menos de un kilómetro y medio, es poco esforzada, y la matiza una serie de letreros ilustrados con frases y diferentes escenas de la vida del héroe local. La reproducción de un cuadro del siglo XIX lo muestra en un pasadizo del castillo, con la mirada hacia lo alto y las manos juntas, adelante, como si estuviera esposado. Lo escoltan dos soldados armados, mientras un sirviente ilumina el camino y otro sujeta a dos perros furibundos que le ladran. Como la película Luther, de 2003, el cuadro le da dramatismo a un secuestro que no fue sino una artimaña amistosa. Después de la Dieta de Worms, con la condena imperial agregada a la del Papa, la vida de Lutero corría peligro y el príncipe elector Federico III lo mantuvo oculto en el castillo nueve meses, durante los cuales se dejó crecer el pelo de la coronilla y la barba y tradujo el Nuevo Testamento del griego al alemán. Algunas de las frases que orlan el Lutherweg recuerdan que su mensaje se orientaba a cómo vivir el Evangelio en el mundo secular: “Vivir con rectitud significa mantenerse sobrio en una taberna, divino en una sala de bailes, justo en una cueva de ladrones”.

La primera tarea que Afrodita impuso a Psyché fue separar en montoncitos, por especie, una gran cantidad de semillas minúsculas, mezcladas entre sí: trigo, amapolas, mijo. Leer a Lutero para encontrar las bases de una sociedad democrática y multicultural recuerda ese trabajo. Hay que abrirse camino entre furibundas referencias al diablo, insultos soeces contra los judíos, burlas rabiosas contra los católicos. El mundo interior de Lutero es revuelto y oscuro, y sin embargo su radiante legado de respeto a la educación y al trabajo sigue actuando a través de los siglos. La clave está en el “Aquí estoy, de pie”, que resume la enseñanza central de su negativa a retractarse en Worms: el respeto por la voz de la propia conciencia. De ese gesto, que se podría entender como individualista, surge sin embargo el respeto por la conciencia ajena y de ahí, quizás, la posibilidad de una coexistencia pacífica.