La supremacia de Juan

Hace exactamente una semana estaba en la vereda de esa misma esquina esperando que el muñeco del semáforo me indicara que podía cruzar. Pasó entonces una motito destartalada con un cajón de bebidas rojo atado con una soga, lleno de pollos congelados. ¿Notaron que el olor del pollo no se congela? El bicho puede estar frío y duro como un iceberg pero ese aroma, medio a plástico, medio a carne tiene una persistencia que ningún freezer ha podido vencer. Tal vez sean las hormonas, o el encierro y la tortura de los criaderos, esos lugares siniestros. Yo he pensado en que si mi karma alguna vez me llevase a reencarnar en pollo de criadero, terminaría rápidamente mis días con un suicidio, sobredosis de maíz o una gresca con el pollito vecino. No tiene que ser nada heroico, lo importante es pasar lo antes posible a la próxima etapa. Volviendo a la motito, el pibe que la conducía llevaba una remera blanca con una inscripción en grandes letras de molde negras. Abofeteado por el viento con olor a pollo, cuando pasó delante de mí la pude leer “Todo fluye”, decía. “¡Grande Heráclito!”, le grité. No estoy totalmente seguro de lo que ahora voy a contar, pero me pareció oír cuando se dio vuelta: “Joy caloi potamoi, amigo”, o algo así.

No me había acordado de esto hasta que hoy, exactamente en la misma esquina, veo a un tipo sentado en una silla de esas que ponen los bares en la vereda, tomando sol y leyendo. El tipo estaba algo despatarrado, diría muy cómodo, mordiendo cada tanto una naranja. Esto no hubiese llamado mi atención, sino fuese porque este sibarita, este amante del sol era un linyera. El okupa, había tomado la mejor de las mesas y ya nadie se sentaba en las otras, que eran exactamente del mismo color rojo que tenía el cajón lleno de pollos. No pude evitar quedarme mirándolo, cosa que a él no le molestó. Me di cuenta que no sólo admiraba su bronceado sino también su desparpajo. Estaba como quería en el lugar que se le cantaba ¿Quién puede decir lo mismo? Me acerqué y le pregunté qué estaba leyendo. Me mostró la tapa del libro, “Rojo y Negro, de Stendhal”. Tendría que haberme dado cuenta, era la misma edición que yo había leído, la de editorial Norma. Le pedí permiso para sacarle una foto, y mientras ya comenzaba a sentirme una basura, es decir, un trucho analista social, me dijo: “la vida de un hombre puede resumirse en dos números tallados en una fría lápida de mármol. Pero se agradecen los detalles”. “¿Nabokov?”, le pregunté, ya reconociendo su superioridad. “Pibe, me llamo Juan, sacá la foto”, me contestó mientras le hincaba los dientes a un gajo de naranja. “Lo que realmente calma la sed es la naranja, no te equivoques, la mayoría cree  es el limón, pero ya sabés, las mayorías siempre se equivocan”. En esta esquina pasan cosas raras, pensé. Un pibe que en vez de ponerse una remera con el nombre de una universidad que no conoce lleva una con la frase definitoria de un filósofo que sí pareciera conocer, y la verdad: ¿cómo dudar que todo fluye, al verlo alejarse en su motito? Un indigente que lee a Stendhal y hace lo que se le canta, viéndonos tal vez a nosotros “los normales” seguramente empequeñecidos desde su supremacía.

Tomé la foto y me fui pensando en los pollos congelados y también en quién me gustaría reencarnar.

Por si a alguien le interesa pasar, la esquina es la de Díaz Vélez y Río de Janeiro, en el barrio de Caballito.