Una segunda oportunidad

Imaginemos a una señora de mediana edad, con un cuerpo armonioso, patinado por un prolijo bronceado. Esa mujer, veinte minutos antes se había acomodado en su reposera, sus pies miraban al océano y sus ojos filtrados por unos lentes hacia un libro de cuentos. Comenzó por uno al azar llamado “El Aleph”. Durante las primeras páginas el sonido de las olas se había ido entremezclando con el relato como esa incómoda música de fondo que a veces tienen las películas. Luego la melodía pareció silenciarse, por fin su mente se había alineado con la cadencia del texto. La epifanía duró solo un minuto, hasta que Borges comienza la descripción del “punto mítico donde se puede ver todo el universo”, el Aleph. Le molestó a la lectora que en la esforzada descripción se mencionara que junto a un racimo de uvas y una telaraña se viese también un atardecer en Querétaro. “¿Y eso dónde diablos queda?”, se preguntó, y la concentración cayó como por un tobogán. Había superado una cantidad de apellidos y calles desconocidas, pero esto la hartó.
“¿Qué necesidad tiene de citar tantos lugares y cosas? Para leer este cuento tenés que saber demasiado. Debería pedirme perdón por haberme hecho perder el tiempo”, murmuró, y molesta giró su cuerpo para seguir tomando sol.
Supongamos que esa mujer era mi vecina de sombrilla, y que mientras yo miraba hacia el mar donde unos niños intentaban barrenar con unas tablas de Telgopor, también de paso la miré a ella. No soy un mirón, pero desde que me divorcié, como de la nada surgieron las mujeres. De mi vecina, en particular, me atraía el brillo que se deslizaba sobre su piel, eso, y que leía a Borges. Supongamos que yo haya imaginado sus pensamientos mientras leía, pero aseguro que se correspondían exactamente con sus gestos.
Después de cerrar el libro y poner un ratito la cara al sol, me miró sin ningún recato y caminó hacia mí.
Supongamos que me dije una infinidad de cosas durante los diez pasos que tardó en llegar hasta la sombrilla: que todavía no estaba preparado, que de cerca era más linda, que me estaba quedando pelado y cosas así.
-Hola, vos sos escritor, ¿no? –La pregunta me desconcertó, siquiera yo sabía si lo era, pero asumiendo que si escribís y publicaste algo lo sos, le contesté que sí.
-Me lo comentó el sombrillero. ¡Ah! Soy Cecilia. –dijo, y me extendió la mano.
-Julio –alcancé a decirle porque ya se sabe, cuando una mujer te gusta inmediatamente volvés a tener catorce años.
-Mirá, tengo una duda, si un cuento te decepciona, si no te gusta, ¿acaso el escritor no debería pedirte perdón por hacerte perder el tiempo?
La pregunta me despabiló, todo era raro; que yo hubiese adivinado sus pensamientos, que se acercara, que me hablase y que además lo hiciera con una pregunta tan buena.
-Un cuento es una pretensión, la de contar una historia. Tal vez la forma no te ha gustado o no la hayas entendido. Tenés en tu mano “el Aleph”, supongo que te decepcionó un cuento de ese libro.
-Sí, justamente, un cuento que está lleno de apellidos, de nombre de calles, de lugares extraños. Es como que deberías ser un sabio para poder entenderlo.
-Tal vez las disculpas se las tendrías que dar vos al autor, lo digo con todo respeto, Cecilia. Un cuento tiene una trama y un modo de exponerla. En algunas historias la trama es tan buena que uno le perdona esas cosas, como la de no entender absolutamente todo lo que menciona, a veces hay que leer con la intuición. Yo te diría que le des una segunda oportunidad.
Cecilia se rio de mi comentario. Antes de venir a hacerme la pregunta se había puesto una remera, cosa que en ese momento, yo, que oficiaba de erudito agradecía en silencio.
Supongamos que Cecilia no leyó nuevamente el cuento a la noche, sino que lo hizo en ese momento, al lado mío. Supongamos además que me había preguntando por unos nombres que le resultaban extraños y que le conté que Quéretaro es una ciudad muy poblada de México. Supongamos que cuando terminó el cuento me dijo que le había gustado mucho, que los dos concluimos en que era inútil pedirle una disculpa a un autor y que en cambio a veces era bueno dar una segunda oportunidad.
Supongamos, finalmente, que nos quedamos hablando hasta que la sombrilla ya no era necesaria, y que a pesar de ello preferimos dejarla abierta mientras cada cuál le contaba al otro su propia historia, desnudándose como había hecho hace un rato el universo, en un único punto, en un Aleph.