CASITA DE CARTÓN

Casa_de_Tucumán

Plasticola en los dedos, cartulina doblada y magullada, tal vez un muy bien felicitado con signos de tinta verde y no mucho más, no ha quedado más que eso… 10 de julio, en un rincón, ya duerme el sueño de los justos aquella casita de corrugado que representó a aquella otra, de tejas y adobe. Difícil no recordar. Cada julio, dibujamos, armamos en maquetas, diseñamos en cartón, coloreamos en telgopor, y volvimos, una y otra vez, a recortar del Billiken aquella colonial silueta. Estos tediosos ejercicios, tal vez sin saberlo, fueron el recurso último de un docente desesperado por grabar en nuestro recuerdo los acontecimientos que llevaron a la declaración de La Independencia.

Pero pensemos como llega un pibe de Buenos Aires al conocimiento y representación de la legendaria casa de la independencia y todo lo que ella acarrea. El maestro bien podría haber explicado los acontecimientos del Congreso de Tucumán de 1816 o, de lo contrario, limitarse a pedir que los alumnos los lean de algún texto de historia. Pero, en sintonía con los consejos de algún psicólogo, el docente habrá pensado, que el primer aspecto o fase de estudio, es decir, la aprehensión de los datos, debe hacerse mediante el mayor número posible de vías sensoriales, y también desde el mayor número de planos de enfoque o percepción. Así, cualquier docente argentino en los últimos casi doscientos años ha acercado a sus alumnos, por lo menos, una foto de la legendaria Casa de Tucumán y, más allá de las capacidades pedagógicas de cada uno, necesariamente la enseñanza debió ir enriqueciendo y ampliando el material.

Sin embargo, 1.250 kilometras de distancia hacen que todos estos esfuerzos prevean una instancia, que en términos kantianos podríamos llamar, de mediación entre el objeto real y el receptor. Nosotros como alumnos nos hemos representado, por ejemplo, una idea mediada de la Casa de Tucumán; hemos dibujado a Francisco Narciso de Laprida levantando el dedo y discutiendo acalorado con Juan José Paso; hemos hecho maquetas de diligencias y carretas que arriman a los constituyentes desde las distintas provincias o se nos escaparon sonrisas cuando vimos la figurita con el ridículo peinado de Fray Justo Santa María de Oro y Albarracín y todo sirvió para grabar en nuestra menoría los acontecimientos de Julio de 1816. Aún así, no es posible olvidar que, aunque haya sido una muy valiosa experiencia y nadie discute los esfuerzos didácticos de los docentes, no deja de ser una experiencia de segunda mano y solo, si alguna vez viajamos a San Miguel de Tucumán, allí veremos que la casa no es tan grande como creíamos, que tampoco es amarilla sino blanca y que las ventanas son menos anchas de lo que nos habíamos figurado. Entonces sí tendremos a nuestro alcance el mundo fenoménico y de primera mano. De esa forma habremos logrado lo que en términos kantianos es una representación inmediatamente relacionada con los objetos.

Lo cierto, es que poco sabemos de la intención pedagógica que tuvieron estas inacabables reproducciones de la “Casita de Tucumán” que hemos hecho a lo largo de nuestra experiencia como alumnos, pero quizás, poner el acento en una intención contextualizadora precisa, pueda servir de apología a tanto esfuerzo didáctico. Por ejemplo, ya desde su modo de llamarla (casita), con este diminutivo muestra su característica de humildad y, sin desmerecer el esfuerzo de docentes y alumnos, son también modestas la gran mayoría de las representaciones caseras; todo esto enmarcado, quizás sea el mero reflejo no solo del lugar sino que también las circunstancias históricas del momento. Recordemos que en ese tiempo San Miguel de Tucumán era una pequeña ciudad. La decisión de realizar allí el Congreso trajo algunos inconvenientes: iban a llegar muchas personas de golpe y la ciudad no estaba preparada para dar alojamiento a tanta gente. Tampoco había un lugar lo suficientemente grande como para realizar las reuniones del Congreso. Las tropas realistas avanzaban desde el Alto Perú, y solamente estaba el bravo general Martín Miguel de Güemes defendiendo el paso en Salta. Si los españoles lograban llegar a Tucumán, era muy probable que pudieran avanzar hacia Buenos Aires. Hacer el Congreso allí era, en cierto modo, una demostración de fuerza, una manera de defender la revolución. Entonces la casa que representa esa fecha histórica tiene que ser tal que llame a la sensibilidad del alumno, debe ser tal el objeto que afecte nuestro entendimiento y forme conceptos como por ejemplo del caso, la humildad provinciana de la época y distanciamiento del real imperio español. Es así, como los sentidos del alumno, por ejemplo de Buenos Aires, ofrecen la intuición para hacer aprehensible el objeto y recibe esta sensación: Una casa que poco tiene que ver con lo que podríamos imaginar de un congreso, provinciana, colonial, tal vez de adobe y tejas de barro, pequeña y vieja.

Es así, con artilugios como este, como cada sociedad va disponiendo de variadas modalidades visuales y lingüísticas para expresar significados, cuya elección y empleo revelan, al mismo tiempo en que construyen, los imaginarios sociales que determinan dicha cultura. Una manera específica de significar, de actuar y de utilizar los recursos semióticos declara una versión particular de establecer el mundo y las relaciones sociales. Los docentes argentinos han elegido por décadas sus simbolismos, se procuraron mediadores entre la probable comprensión del alumno y lo representado.
De esta forma llegamos a aquella Casita de Tucumán, paradigmática; la tenemos a ella en una maqueta de cartón en tres dimensions, coloreada de un amarillo terracota, tejas rojas y ventanas de rejas negras con marco verde loro. Allí está sobre el escritorio, solo cien gramos de corrugado pero con mucho peso simbólico, disparadora y referente. Ella sola contiene a Esteban Agustín Gascón, a Antonia Sáenz, a Juan Martín de Pueyrredón, a los treinta y tres constituyentes; ella sola remite a un rey lejano y ajeno; ella sola es rebeldía roussoniana, ella sola es guerra gaucha e independencia toda; ella sola es cartón corrugado, un maestro y un pibe.

Ensayo breve::Guillermo Portela