EL LAGO DE LOS PATOS. Pequeños ensayos familiares

FOLLETIN DIGITAL

Un hombre y cuatro patos caminan alrededor del lago del Parque Centenario. Extraños visitantes se unen a la caminata. Los recuerdos familiares, la inconsistencia de la vida, la duda y el amor, son temas que debaten. ¿Realidad? ¿Fantasía? En la era de lo virtual y el 4K Ultra HD, ¿alguien puede decir con certeza, qué es qué?

Revista Symploké y Julio Mandelbaum presentan:

EL LAGO DE LOS PATOS

Pequeños ensayos familiares

Uno. El círculo

El mejor sitio para pensar una historia es el lago del Parque Centenario. Una vez que entendí que los pensamientos son circulares, es decir, que las ideas siempre girarán sobre sí mismas, caminar alrededor del lago me pareció ideal. En general, logro sincronizar mi paso, aunque en ocasiones se me escapan. Es que algunas se expanden de tal modo que su forma deja de ser redonda, se parecen más a una espiral Fuyi.

Desde hace un tiempo algunos patos han comenzado a seguirme. No me molestan, de vez en cuando lanzan algún graznido que interpreto como un acto de amor. Son muy ingeniosos. Yo creo que es la perspectiva que le da su capacidad de caminar, volar, nadar e incluso bucear. Hay días en que las mejores ideas que me llevo del lago, son las que recibo de estas aves a través del Bluetooth con el que nos conectamos. Camino con ellos persiguiendo ideas, concentrado, a tal punto ensimismado, que en ocasiones me descubro conversando con algún nuevo personaje que se nos ha unido a la fila.

Lo del círculo me lo confirmó Heidegger. A Martín le fui contando una trama donde protagonista y antagonista se enfrentan a lo largo de sus vidas. El desenlace ―que me parecía genial― era que ambos muriesen juntos en un crucero. “Ni vencedores ni vencidos”, le iba a decir, cuando se explayó sobre las luchas de los antagónicos hasta concluir, que sean quienes sean mis personajes, siempre representarán la vida contra la muerte y que el final ya está cantado. “La única y verdadera angustia es la consciencia de que todos terminaremos en la quinta del Ñato, ¿por qué no trabajas sobre esto Daniel?”. Luego desapareció. Esa tarde sentí ganas de llorar. Recuerdo que miré al pato que caminaba a mi lado y vi en sus ojos dos grandes lágrimas. Nunca supe si eran suyas o mías.

A Naipaul lo había leído sólo una vez y hace bastante tiempo. Me costó entender que quien me hablaba mientras esquivaba a los patos era el Naipaul padre, al que yo sólo conocía a través de los escritos del Naipaul hijo, el Nobel. Hablamos de la vida, de la familia, y en un pensamiento también circular concluimos en que los únicos verdaderos conflictos y los únicos verdaderos amores son entre los padres y los hijos. El resto, recreaciones.

Para comprender lo que sucedió después de la tarde en que charlé con Naipaul, debo contar que el sábado anterior había estado con mi novia en Dánzig Café, el que está en Defensa al 500. Es un bar polaco, pero no de los polacos de los que desciendo, son otros. Ningún polaco picaría el revoque para dejar los viejos ladrillos a la vista a menos que se pruebe que lo vendió o usó en un contrapiso. Los polacos que vinieron de la guerra no sacan, agregan. Las paredes están decoradas con imágenes de San Casimiro, la bandera y la camiseta polaca, y un enorme escudo. El escudo tiene un águila gigante con garras amenazadoras. Ese águila y el aroma de la cerveza me dieron la sensación de estar más bien en una dependencia alemana de la Segunda Guerra Mundial, un consulado del Tercer Reich en San Telmo. El dueño de este bar es un tipo gigantesco que se viste todo de negro. Es enorme, algo más grandote que la “La Masa”. Cuando pasé a su lado yendo hacia el baño le oí hablar un polaco que me pareció germano. Esto viene a colación, ya que después del encuentro con Naipaul, pasé por el sector que da al Hospital Naval, donde se juntan los perros. Fue ahí donde lo volví a ver. Tenía ropa de gimnasia negra y entre los otros paseantes parecía una mole humana. Su perro: un ovejero alemán manto negro. Se llamaba Karl, primero, haciendo una señal con la mano le gritó: “Fuss Karl” y el perro se acercó. Luego: “Sitz Karl”, pero el ovejero, tal vez en un intento de levantamiento se mantuvo en pie. El gigante de negro volvió a gritar con tal fuerza “¡Sitz Karl!”, que a pesar de la ineficiencia acústica de los parques, la orden retumbó como un cañonazo. Yo tuve el impulso de sentarme pero no lo hice, en cambio cuatro personas y seis perros lo hicieron, siete con el de él.

Mientras mi corazón latía furiosamente, los pensamientos circulares unieron esta escena, con Heidegger y Naipaul, y fue en ese momento en que creí ver el pelo cano y los ojos celestes de mi abuela Rosa. La recordé contándome en su mal castellano la vida en Bychawa, un pueblo al este de Varsovia que ya no existe. La sensación tan tierna de reencontrarla me calmó y seguramente, como todo lo que se añora y no se olvida, es con ella, charlando en la cocina, donde ahora me quiero quedar.

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“El lago de los patos” agradece a Juliana Corbelli por ayudar a alinear los ídem.

Próximo capítulo:

Dos. El amor