EL LAGO DE LOS PATOS. Dos. El Amor

 

Previamente en El lago de los patos

-Una vez que entendí que los pensamientos son circulares, es decir, que las ideas siempre girarán sobre sí mismas, caminar alrededor del lago me pareció ideal.

-Ningún polaco picaría el revoque para dejar los viejos ladrillos a la vista a menos que se pruebe que lo vendió o usó en un contrapiso. Los polacos que vinieron de la guerra no sacan, agregan.

El gigante de negro volvió a gritar con tal fuerza “¡Sitz Karl!” que a pesar de la ineficiencia acústica de los parques, la orden retumbó como un cañonazo. Yo tuve el impulso de sentarme pero no lo hice, en cambio cuatro personas y seis perros lo hicieron, siete con el de él.

-Mientras mi corazón latía furiosamente, los pensamientos circulares unieron esta escena, con Heidegger y Naipaul, y fue en ese momento en que creí ver el pelo cano y los ojos celestes de mi abuela Rosa.

 

Dos. El Amor

De adolescente visitaba a mi abuela en su departamento de la calle Riobamba. Charlábamos solos en la cocina. Es que Rosa se casó ocho veces, dos en Polonia y seis aquí. Su esposo, el que sea, se quedaba en el living o se iba a dar una vuelta, la  charla siempre sería entre los dos. He leído a grandes pensadores, optimistas como Spinoza y descreídos de todo como Sartre, pero que me disculpen, en ninguno encontré la simpleza y profundidad del pensamiento de Rosa.

―Príncipe polaco, ¿cómo estás?

―Bien abuela.

―¿Amor, bien?

―Sí, abuela, tengo novia.

―Si amor está bien, todo está bien ―entonces lanzaba su silogismo―  Amor una cosa, marido otra cosa. Si marido y amor juntos, mejor. Pero si elegir, mejor amor que marido.

La abuela había sobrevivido a la guerra, tal vez por eso, tenía un apego a la sensualidad como jamás volví a ver en nadie. Ella había transformado la tragedia en aventura, y la vida no era otra cosa que el increíble escenario donde esa aventura transcurría.

Atenuados, escuché los gritos de la mole de negro a su perro Karl, eran órdenes. Los gritos, supongo, formaron parte de su vida en Bychawa. No había atenuantes para esa campesina. Primero los alemanes, luego los franceses y por último los rusos la habían violado descargando en ella con su semen esa furia que se macera en la guerra.

Rosa, me contó esto al pasar, como una anécdota más, como lo de las papas o lo de la sal.  No le quedó rencor, sino un hijo. Lo protegió con ese amor tenaz que algunas madres tienen por el desvalido.  Lo quiso más que a nada en este mundo. Aún viejita seguía embobada con ese niño, el que más quería. Y su amor fue correspondido. Mi tío Eduardo fue un hombre notable, y sin ánimo de melodramear, la cuidó hasta el último día. Leí hace poco en una crítica a La la land que el amor era un invento capitalista y que había muerto. Puede ser, pero tal vez sea un problema del capitalismo tardío, porque la abuela, mientras la humanidad se mataba entre sí por dinero, crió a ese niño sin cuestionarse nada. Claro, no es lo mismo el amor a un hijo que a un hombre, pero es probable que en lo esencial no sean tan diferentes. Tal vez el amor fácil, el cómodo, tenga cierta debilidad en su estructura y sea un poco blandengue, digamos. Pero los amores difíciles, no los de Ítalo Calvino, los complicados, los que desafían circunstancias y oposiciones, aglutinen sus átomos de tal modo que hagan que se construya feroz, y pise la tierra con la fortaleza de un monstruo y la belleza de un ángel. Esos amores se justifican por sí mismos y si se buscara en ellos un propósito como Spinoza o un despropósito como Sartre, sería en vano. Nada tienen que explicar.

Rosa, después de morir mi abuelo se casó seis veces más. Los maridos, a los tres o cuatro años de convivencia se le morían. Yo creo que los liquidaba su exceso de energía.

Tarde. Antes de darse cuenta, ya estaban fritos. La abuela tenía claro que el mundo era una gran rotisería, y ella vivía hambrienta. Era bajita y maciza, un verdadero dínamo.

Pero volviendo a Bychawa, o saliendo en realidad del pueblo destruido, Rosa caminó con su bebe en brazos hasta Varsovia. Luego hay un agujero negro, cosas que desconozco, hasta que vino a la Argentina con su hijo de once años, un tercer marido y un bebe de diez meses de ambos: mi papá.

No alcanzo desde este banco a ver el lago, pero supongo que los patos que suelen seguirme están ahora descansando al sol. La mole ya se habrá ido con su perro al búnker de San Telmo y estará lustrando las garras del escudo. Yo mismo debería irme, se va haciendo tarde y tengo bastante  que hacer.

 

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Próximo capítulo:

Tres. Las chicas superpoderosas