EL LAGO DE LOS PATOS. Tres. Las chicas superpoderosas

 

 

Previamente en El lago de los patos:

-Una vez que entendí que los pensamientos son circulares, es decir, que las ideas siempre girarán sobre sí mismas, caminar alrededor del lago me pareció ideal.

-Ningún polaco picaría el revoque para dejar los viejos ladrillos a la vista a menos que se pruebe que lo vendió o usó en un contrapiso. Los polacos que vinieron de la guerra no sacan, agregan.

– Atenuados, escuché los gritos de la mole de negro a su perro Karl, eran órdenes. Los gritos, supongo, formaron parte de su vida en Bychawa. No había atenuantes para esa campesina. Primero los alemanes, luego los franceses y por último los rusos la habían violado descargando en ella con su semen esa furia que se macera en la guerra.

 -Rosa, después de morir mi abuelo se casó seis veces más. Los maridos, a los tres o cuatro años de convivencia se le morían. Yo creo que los liquidaba su exceso de energía.

 

 

Tres. Las chicas superpoderosas

 

Antes de mis caminatas por el lago, creía que todos los patos compartían una misma forma “pato” de actuar. Pero los cuatro que me siguen son bien diferentes. Parecen iguales, pero para el caso, iguales son las bolas del pool, son esferas del mismo peso y tamaño, absolutamente nada las diferencia, salvo, claro, el caprichoso color de cada una. Sin embargo, a la hora de actuar, si se les aplica un golpe con el taco, todas harán exactamente la misma trayectoria. Las bolas del pool son el imperio del sentido común, los patos no. Hay uno sinfónicamente facho. Es una mezcla de Borges, Vargas Llosa y el generalísimo Franco. El bicho, como no tiene ninguna vocación de quedar bien, suele ser el más agudo. Fue él quien me preguntó irónicamente si Rosa tenía Tinder. La abuela Rosa conocía a sus novios en los dos o tres clubes judíos a los que iba cuando enviudaba. Era un buen partido, reina de un pequeño  país llamado Rio Bamba y de una colonia marplatense sobre la avenida Luro. Financiada por su hijo predilecto, la reina tenía un buen pasar. Una tarde me presentó a su nuevo marido Saúl, de él sólo recuerdo que llevaba tatuado en un brazo ―donde algunos se tatúan un código de barras― los largos numeritos de los campos de concentración. Esa tarde, como al pasar, hizo una extraña apología del casamiento comparándolo con el servicio doméstico.

―Hombre es mucho mejor que mucama, ayuda en compras, acompaña a médico, va al teatro, limpia casa y de noche calienta cama.

Obviamente los muchachos tenían que ganarse el puchero laburando durante todo el día y parte de la noche. La abuela, cómo Messi, compartía con ellos la cancha, pero jugaba a otra cosa.

Por razones de practicidad, estoy llevando una netbook al parque, una vieja Samsung destartalada, blanca como los patos. Hace unos días, mientras escribía sentadito bajo un árbol, el gigante polaco pasó a mi lado con su perro Karl. El ovejero, claramente antisemita, se abalanzó sobre mí y la Samsung lanzando unas dentelladas que fueron contenidas por el cuero negro de su bozal. El gigante le gritó “Fuss Karl” y se rio. A mí no me causó gracia, justo había asociado lo del servicio doméstico con mi bisabuela materna e iba a empezar a escribir. Tardé un rato en recuperarme, es que los ojos de ese perro me parecieron humanos y encerraban todo el odio posible.

A principios del siglo XX las familias copetudas traían a su personal doméstico de Francia. La familia Alvear compró en París a mi bisabuela materna, Rose. Era muy bonita, tenía 14 años y sabía leer y escribir.  Los Alvear experimentaron por primera vez con Rose lo que era hacer un mal negocio. Cuando llegó el barco a Buenos Aires, después de los trámites migratorios, la dejaron junto a otros sirvientes y una institutriz en el Hotel de inmigrantes. Jamás la volvieron a ver, Rose se escabulló con rumbo desconocido. Ella tenía sus propias ideas sobre la pavadita esa de “qué hacer con tu vida”. Desde hacía un par de años se había venido carteando con un primo segundo que vivía en Fournier, un pueblo de la Provincia de Buenos Aires. Finalmente sólo fue un tema de puntos de vista: los Alvear creyeron que traían una mucama fina. El primo, viudo y de unos cuarenta años, que su chamuyo había enamorado a  la adolescente al punto de venir de Francia para casarse, en tanto Rose, estaba contentísima por haber conseguido dos transportes gratis, uno internacional y el otro de cabotaje. Al mejor estilo Sherezade  fue entreteniendo al primo segundo por un año, hasta que volvió a huir con otro  señor, esta vez definitivamente, a un pueblo cercano, 9 de julio.

Durante la Primera Guerra Mundial, los franceses que habían encontrado en los caballos la forma en que la carne fresca se autotransportara al frente de batalla y, habiéndose comido a casi todos los disponibles, dieron prioridad a sus compatriotas en el exterior para  importar equinos. Rose y su marido se dedicaron entonces a comprar por poca plata todo tipo de caballos maltrechos, percherones, ciegos, anémicos, hasta caballos de calesita. El punto es que la bisabuela comenzó a enriquecerse exportando caballos para ser comidos, y siendo aún muy joven llegó a tener 4.000 hectáreas en la mejor tierra del país.

Rose había decidido no embarazarse hasta los treinta y tres años. Tenía algo que ver con la edad de Cristo pero nunca se supo qué. Cuestión que a esa edad tuvo a su primer hijo y el cuarto y último a los cuarenta, mi abuelo. En el pueblo aún recuerdan el  nacimiento de mi abuelo como “La torta quemada”. Rose enviudó dos veces y mi abuelo nació a los diez meses de morir el segundo marido, un caso raro de sobrecocción…

Los cuatro pibes de grandes se la fumaron en pipa y perdieron todo, pero esto no tiene importancia, lo inquietante, es que mi bisabuela materna, mi abuela paterna y mi mamá se llamaron igual e hicieron con sus vidas lo que quisieron, como contrapartida a las circunstancias las tres también tuvieron algo en común: un plan.

 

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Cuatro. El motorcito