EL LAGO DE LOS PATOS: Cuatro. El motorcito

 

 

 

Previamente en El lago de los patos:

-Una vez que entendí que los pensamientos son circulares, es decir, que las ideas siempre girarán sobre sí mismas, caminar alrededor del lago me pareció ideal.

El gigante de negro volvió a gritar con tal fuerza “¡Sitz Karl!” y a pesar de la ineficiencia acústica de los parques, la orden retumbó como un cañonazo. Yo tuve el impulso de sentarme pero no lo hice, en cambio cuatro personas y seis perros lo hicieron, siete con el de él.

-A principios del siglo XX las familias copetudas traían a su personal doméstico de Francia. La familia Alvear compró en París a mi bisabuela materna, Rose. Era muy bonita, tenía 14 años y sabía leer y escribir.

-El punto es que la bisabuela comenzó a enriquecerse exportando caballos para ser comidos, y siendo aún muy joven llegó a ser tener 4.000 hectáreas de la mejor tierra del país.

 

 

 

Mientras caminaba, escuché a mi lado una voz aguda: “La vida se presenta como una continua mentira, pero por sobre todas las cosas, jamás esperes ser totalmente feliz”. El tipo llevaba un sobretodo raído y me tomó del brazo para ayudarse a caminar.

―Daniel, es inevitable, finalmente todo lo que hagas será arruinado por las emociones y el deseo  ―agregó con su voz finita.

―El señor Schopenhauer, supongo ―le dije por decir, porque el tipo era idéntico.

―El mismo. Te acompaño sólo una vuelta. Más, no tiene sentido.

Había comenzado ese día entusiasmado, pero Arthur me liquidó. Bastaron esos minutos para convencerme de que lo único rescatable en este mundo, eran los animales. Los patos chochos con su discurso, salvo  uno, que sospechaba schopenhaueriano. Esa mañana caminaba moviendo el pico de un lado al otro, como si negando, afirmase el sinsentido de la vida. Yo estaba confundido. ¿Qué valor pueden tener mis ideas si bastaron cinco minutos para que Arthur las destruyera sin que le opusiese un solo argumento? Mi madre decía que yo era demasiado sensible, y esto distaba mucho de ser un elogio. La chicas superpoderosas son puro convencimiento, su motorcito a combustión quema lo perdido e impulsa sólo hacia delante, el motorcito. Además, tiene filtro de dudas. Para las chicas superpoderosas las vacilaciones, como las mías, son fallas que no se pueden tolerar. Una Rosa lleva a otra Rose y ésta a la Rosa final.

Mamá se crió en 9 de Julio con la abundancia de los estancieros de la Pampa húmeda. El imperio de la abuela duró oficialmente hasta que mami cumplió diecisiete años. Ese día Don Ernesto, su padre, dejó este mundo repentinamente cuando un bobazo lo dejó tendido en una cama que no era la suya. El cubilete entonces cambió los dados, los puntitos fueron creciendo como una mancha y entonces desde ese lugar donde están escondidas las cosas, un mundo paralelo: deudas, timba, amantes, malos negocios. No recuerdo a mamá quejosa, decía que el padre era un tarambana, nada más. A los pocos meses de la caída, se vino a Buenos Aires sin un mango y, al igual que las otras dos Rosas, pudo sobreponerse a las condiciones más adversas. Las tres fueron a su modo astronautas, capaces de  sobrevivir en mundos desconocidos.

La NASA de mi vieja fue el Cine Teatro Rossini. Su educación en 9 de Julio era de un catolicismo afrancesado ―no sé si eso existe―  pero aún el colegio de monjas con los catálogos de las tiendas francesas donde encargaban la ropa. Para las chicas del pueblo, el cine era una ventanita al espacio y fue ahí, donde aprendió el complejo arte de la seducción. Mamá era una mujer hermosa y rápidamente comprendió, como decía, que los hombres son todos unos calentones. Hollywood le mostró las herramientas del dominio sobre esa debilidad. Tenía sus frases de cabecera, mostrar y no entregar, del ombligo para arriba todo, para abajo nada. Decían que era idéntica a Vivian Leigh en “Lo que el viento se llevó”.

Mamá tenía razón. Soy muy influenciable, tal es así que cuando estaba depresivo, seguro del sinsentido de las cosas, un pato que suele estar a mi izquierda me habló del Budismo Zen y me levantó el ánimo. Suena alentador esto de poder vivir el presente desconsiderando el pasado y el futuro, finalmente no pensar, no andar perseguido por la certeza de que todo terminará mal. Arthur ya se había ido cuando lo googlé  en mi celular. Inquietante, yo le decía Schopenhauer al ícono del micrófono y Google me tiraba: Shopping hours.

 

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Cinco. La mole negra