EL LAGO DE LOS PATOS. Capítulos cinco y seis

Previamente en El lago de los patos:

-El gigante de negro volvió a gritar con tal fuerza “¡Sitz Karl!” y a pesar de la ineficiencia acústica de los parques, la orden retumbó como un cañonazo. Yo tuve el impulso de sentarme pero no lo hice, en cambio cuatro personas y seis perros lo hicieron, siete con el de él.

-A principios del siglo XX las familias copetudas traían a su personal doméstico de Francia. La familia Alvear compró en París a mi bisabuela materna, Rose. Era muy bonita, tenía 14 años y sabía leer y escribir.

– La abuela Rosa conocía a sus novios en los dos o tres clubes judíos a los que iba cuando enviudaba. Era un buen partido…

-Mientras caminaba, escuché a mi lado una voz aguda: “La vida se presenta como una continua mentira, pero por sobre todas las cosas, jamás esperes ser totalmente feliz”. El tipo llevaba un sobretodo raído y me tomó del brazo para ayudarse a caminar.


 

“El lago de los patos” dedica estos dos capítulo a Fabián Casas, agradeciéndole el desaliño de los ídem.

 

Cinco. La mole negra

Hay relatos de supervivencia que parecen exagerados como vender los dientes, prostituir a un hijo o, simplemente trabajar por un pedazo de pan. Rose fue vendida por sus padres. Rosa, en Bychawa caminaba dos kilómetros con un jarrito de lata para llenarlo de leche, y mi madre, que pareciera las más bacana, pasaba noches a mate y sin dormir cosiendo vestidos en los primeros años de su exilio. ¿De qué estaban hechas esas mujeres? Hoy por mucho menos serían candidatas al Clonasepan de por vida. Hubo algo en ellas que desobedeció a la lógica y el sentido común, algo maravilloso que germinó en el barro de la miseria, en la inmundicia de la condición humana. De lo que estoy seguro, es que sea lo que sea, yo no lo heredé.

Tal vez ese tesón extremo, al igual que la diabetes se saltee una generación. Lo mío es la duda, el buscar alternativas con el único propósito de poder viajar por los vasos capilares del pensamiento. Aunque no siempre fue así. Me recibí muy joven de abogado y tuve la suerte de que se murieran tres tías abuelas casi al mismo tiempo. Yo era el único abogado de la familia así que arranqué la profesión con tres sucesiones. Tres herencias suculentas, especialmente una, la de la tía abuela que se quedó con los campos de 9 de Julio de los hijos de Rose. En esa época, me volví un idealista, no al estilo Ernesto Guevara en Santa Clara, más vale al estilo Leonardo DiCaprio, en El lobo de Wall Street. Las herencias son en sí mismas una especie de locura. Alguien muere y con él desaparecen sus experiencias, sus dolores, sus ambiciones. Es verdad, queda su recuerdo, su influencia, pero esto no forma parte del acervo. Una sucesión son bienes, y por los bienes los parientes se matan entre sí. Digo que era un idealista ya que me obsesioné como un fedayín con el casco de la estancia de Rose, y para quedármelo seguí estrategias un tanto discutibles. Me parecía que recuperarlo era una forma de redimir las antiguas pérdidas, lo quería para regalárselo a mamá. “Si está muerto, se lo entierra” fue la respuesta de mi vieja, su negativa a recuperar lo perdido, algo que hoy me parece interesante. Tal vez de mi parte el regalo no era generosidad, sino demostración de poder. Jesús llegó tarde a Betania cuando María y Marta le dijeron que su amigo Lázaro estaba agonizando, no se sabe bien qué lo entretuvo, pero para cuando llegó, el pibe ya estaba muerto. Así como yo pago el café compensando mi retraso a una cita, él lo resucitó. ¿Puede haber algo más traumático que la resurrección? Jesús demostró su poder a costa de transformar a un amigo en zombie. ¿Cuán tarde llegó Jesús? ¿Los gusanos habían comenzado con su labor o sólo estaba en rigor mortis? No se sabe. Las Rosas avanzaron imparables, entre otras razones, porque supieron perder.

Algunos días camino alrededor del lago solo, sin los patos ni los extraños compañeros que me aconsejan. A veces sigo las ideas y otras veces no hay nada, los pasos simplemente se suceden, la gente son manchas de colores que se deslizan inversas. Enmudezco, alguien pulsó el botón OFF.

Raro, en una de esas mañanas en que yo mismo me parezco a Lázaro, mi novia vino al parque con Hugo. Huguito es un cachorro bulldog francés, esos perritos que parecen víctimas de un tremendo choque de frente. En mi estado me costó un poco integrarme al dúo. Ella es fanática del diseño, y el perrito que bien podía ser una creación de Ricky Sarkany cumplía tres meses y ya se lo podía traer al parque. Estábamos jugando con el cachorrito cuando llegó la mole negra con su perro Karl. Fue ella quien inició la conversación. Acariciaba al ovejero pasando su mano por el lomo desde la cabeza hasta la cola. La mole se puso en cuclillas para seguir la charla. Nadie reparaba que Hugo caminaba hacia el lago. Yo estaba petrificado viendo delante de mí como un ogro seducía a mi novia ¿O era al revés? La voz de alerta me llegó por Bluetooth, era el pato shopenahueriano quien me advertía del peligro. Corrí hacia la costa y lo agarré justo cuando iba a tirarse al agua. Los cuatros patos ya habían llegado, no les interesaba demasiado la prueba de flotación de Huguito, habían comenzado a discutir acerca de la infidelidad.

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Seis. El plan

Se puso a mi lado y comenzó a hablar en un tono sereno, como la brisa, que apenas se deslizaba sobre el agua.

―No se trata del retraso, o del poder, Di María. Jesús comete el error de hacer lo imposible. Lázaro estaba en el inframundo cuando algo lo chupó hacia la vida. Hacer lo imposible rompe las reglas naturales, buscar lo imposible es el chupete que te pone el capitalismo, para tranquilizar tu certeza de que solo la ruptura total puede cambiar las cosa.

¿Cuál es esa zapatilla que te dice que todo es posible? ―Fabián Casas, me apodó Di María la tarde en que observé que la cara del jugador era idéntica a la de Kafka, y que así como uno se deprimía el otro se lesionaba.

―No sé Fabián, debe ser Nike o Adidas. ―Casas vestía impecable. Los lentes de patillas anaranjadas, completaban su aspecto tranquilizador.

―Sí. Una marca te dice que nada es imposible y la otra, que lo hagas ahora, en este mismo momento. Me quedo con esa. ¿Cómo puede ser que algunos justifiquen no poder escribir por los hijos, o por qué llegan cansados del laburo? Salinger escribió en las trincheras de Normandía, Cervantes en la cárcel y sin mano, y el poema más potente de todos los poemas chilenos, es el que recitó Salvador Allende con un casco en la cabeza que le quedaba grande, mientras bombardeaban La casa de la moneda.

―¡Ah! Su último discurso. Es impresionante, en la grabación se escuchan las bombas.

―La buena poesía tolera cualquier soporte, como los maravillosos versos de Carlos Williams escritos en una cajita de fósforos:

Eso fue lo que me diste: Yo me convertí

En cigarrillo, y tú en fósforo,

o yo en fósforo, y tú en cigarrillo

Brillando con besos ardiendo hacia el cielo.

―Paterson, me gusta mucho. Raro que nadie haya comentado que María Elena Walsh ya había escrito el poema “En una cajita de fósforos”

―La originalidad no existe, ¿Cuál es el sentido de mencionarlo? Todo escrito es parte de una larga cadena de escritos, nosotros mismos somos parte de una larga cadena de seres. ¿Te preguntaste porqué los perros no molestan a estos cuatro patos? ―Fabián siguió argumentando, pero mi mente ya estaba con mamá.

Mamá a los dieciocho años trabajó de costurera en Buenos Aires. Lo hacía bien y tuvo su oportunidad, un puesto de ayudante de modista en lo de Vilma Vel, una de las diseñadoras de la alta sociedad. Al poco tiempo la Sra. Vel, le encontró a mi vieja una función más rentable para la empresa. Para cumplirla, cómo Cenicienta, necesitó producción; le hicieron entonces un hermoso vestido a medida, la maquillaron y la mandaron al desfile de un modisto francés en el Plaza Hotel. Su tarea, copiar los diseños de la colección. Lo hacía en el baño, sacaba una carbonilla y un pequeño block de un bolsillo oculto y sentadita dibujaba con precisión lo que había visto en la pasarela. Le fue muy bien, no sólo con la Sra. Vel sino con los caballeros. El plan de mamá era casarse con un tipo rico y dejar de laburar. Después de un par de tropiezos se dio cuenta que no se casaban ahí personas, sino apellidos. Sufrió dos grandes desencantos, uno con un tal Mario y otro con un tal Daniel. Tiempo después, le puso esos nombres a sus primeros dos hijos. El destino hizo que conociera a la salida del Gran Rex a un pibe, un polaquito audaz al que le vio potencial, mi viejo. El pibe era judío y en esa época los matrimonios mixtos no eran tan comunes. Rosa, dejó de lado la fantasía de vestirse de blanco ―los buenos planes siempre requieren sacrificios― estaba segura de que como que como Scarlett O’Hara también ella recuperaría “Lo que el viento se llevó”.

Fabián seguía hablando, ahora de mí, los patos ya le habían contado del conflicto con la mole negra. Cuando salí de mi ensoñación, cuando dejé a la tercera Rosa diluirse nuevamente, pude escucharlo con claridad.

―Pibe, no te achiques. Todo lo que necesitás es un buen plan.

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Capítulo siete. Acción