EL LAGO DE LOS PATOS. Siete. Acción

Pequeños ensayos familiares

Previamente en El lago de los patos:

– La abuela Rosa conocía a sus novios en los dos o tres clubes judíos a los que iba cuando enviudaba. Era un buen partido…

-Mientras caminaba, escuché a mi lado una voz aguda: “La vida se presenta como una continua mentira, pero por sobre todas las cosas, jamás esperes ser totalmente feliz”. El tipo llevaba un sobretodo raído y me tomó del brazo para ayudarse a caminar.

– Tal vez ese tesón extremo, al igual que la diabetes se saltee una generación. Lo mío es la duda, el buscar alternativas con el único propósito de poder viajar por los vasos capilares del pensamiento.

-―No se trata del retraso, o del poder, Di María. Jesús comete el error de hacer lo imposible. Lázaro estaba en el inframundo cuando algo lo chupó hacia la vida. Hacer lo imposible rompe las reglas naturales, buscar lo imposible es el chupete que te pone el capitalismo, para tranquilizar tu certeza de que solo la ruptura total puede cambiar las cosas. ¿Cuál es esa zapatilla que te dice que todo es posible? ―Fabián Casas, me apodó Di María la tarde en que observé que la cara del jugador era idéntica a la de Kafka, y que así como uno se deprimía el otro se lesionaba.

Siete. Acción

Decir “un buen trabajo” encierra una terrible contradicción. Si hay algo que es bueno, pues no podrá ser un trabajo. El trabajo implica dominación y eso no me va. Esto, la vagancia o tal vez un desacuerdo moral con mis acciones como abogado, hicieron que tras cobrar los honorarios de las tres sucesiones abandonase la profesión. Fui entonces convirtiéndome en un buen administrador de mi pequeña fortuna. Administrar lo propio no es tarea fácil, muchas veces tengo que limitarme. No busco llevarme mal conmigo mismo, sin embargo se ha ido generado un roce entre nosotros.

Una mañana en la que mi lado cool me rogaba por un abrigo que había visto en las rebajas de Zara man y mi lado administrador, casi sin argumentos, me decía que no, tres de los cuatro patos aletearon y graznaron al mismo tiempo. La alegría de mis compañeros se dio por la llegada al sendero de un señor con una extraña calva donde los pelitos aislados que tenía estaban peinados de tal modo que parecían un código de barras. Quizás fue casualidad, pero el hombre como si hubiese oído la discusión que acontecía en mi mente, comentó:

Los animales solo desean cosas que en general se comen, en cambio los hombres desean deseos.

Uno de los patos me codeó la pantorrilla con el ángulo de su ala, mientras hacía un movimiento con los ojos como si tuviese el ancho de espadas. “Heg”, susurró para que me avive. Y me avivé, pero no por la ayudita. El único personaje que alegraría al pato shopenhaueriano, al pato heiddegerense, al pato marxiano y desagradaría al pato facho, no podía ser otro que Hegel.

Don Friedrich, ―le dije y extendí mi diestra para saludarlo― un honor.

Danielito, podrás escapar de muchas cosas, pero no de la contradicción. Dejaste de trabajar para no someter o someterte y eso te ha llevado a ejercer ambas cuestiones, trágicamente contigo mismo.

Era una obviedad, pero inmediatamente sentí que no me molestaba, que estaba bien. Me gustaba. Pero el hombre, continuó con una frase inquietante.

¿Te gustaría preguntarme algo? Creo que puedo ayudarte; viví 61 años. Es cierto que hoy no alcanzaría siquiera a la edad jubilatoria, ¡pero qué más da! No extendería mi existencia por esa bicoca, no sería digno de mí. Preguntá lo que sea, ¡Shoot me!

¿Hay forma de saber si uno fue amado?

Ninguna. ¿Acaso la leche que te alimentó en el regazo de tu madre pasaba del pezón a tu boca por alguna otra razón que exceda la succión? Amamantar es la unión de dos instintos. Fornicar, también. El deseo es el motor de la historia pero ¿amar? ¿Es que alguien sabe con exactitud qué es eso?

A pesar de estar seguro, tomé mi celular y Googlié: “el amor para Hegel”. Ahí estaba.

Pero usted dijo: Amor significa conciencia de mi unidad con otro…

Daniel, eso es un reduccionismo. No le creas a ese aparato funesto, apólogo de lo chiquito. También dije que el “amor” no es el mejor estado de la conciencia. Lo que afirmo es que son luchas de deseos. Vos deseás a una mujer, y ella te desea a vos. Fijate que ambos desean a personas diferentes. ¿Te parece que eso puede terminar bien?

Pero Friedrich, ¿entonces solo funcionaría el amor hacia uno mismo o en tal caso, el de dos personas que amen a la misma tercera persona?

Daniel, ¿crees que indagar tanto resolverá tu conflicto con los celos? Los que aman no profundizan. Pero…vamos, te voy a dar el mejor consejo, la síntesis de mis pensamientos. Te voy a entregar la conclusión de mi paso por este mundo. Daniel, no jodas más con tus pensamientos circulares, no jodas más con los pensamientos. Actúa, accioná.

El maestro, como todos los visitantes, me dejó con los patos. Caminé entonces tratando de retomar la trama de un cuento que estaba escribiendo, pero no podía dejar de pensar en el amor. En el amor y todos sus derivados y consecuencias. Miles de pensamientos me asaltaban en simultáneo. Me sentí mareado.

¡Qué lindos son los patos que te siguen todas las mañanas! ―La voz femenina venía desde atrás, me di vuelta y solo vi a la estatua blanca, la que está frente al chorro de agua del lago, esa especie de gran bidet. Obviamente yo estaba mal.

Es muy loco, pareciera que nadie los ve. Yo hago Tai-chi en el parque todos los días. Una vez meditando te vi pasar, a vos y a los patos y eran como una visión.

Junio, como luego supe que se llamaba, estaba sentada en posición de loto delante de la estatua vestida con unas calzas y una camperita blanca, mimetizada con la mujer de mármol.

Hablás solo, eso me gusta. Yo también hablo sola, aunque en realidad una siempre habla con alguien. Cuando hablo sola, soy yo y soy el otro. Está bueno.

Charlamos un rato, Junio tenía diecisiete años, justo la mitad que yo. Hice “la conjetura del Talmut”, la mitad de la edad del hombre más siete, eso daba veinticuatro; Junio era más chica que la mujer ideal, según el cálculo milenario de los hebreos. No solo eso; Junio era menor de edad. Pero cuando se levantó y tomó mi mano, cuando comenzamos a caminar alrededor del lago, cuando los patos nos siguieron con sus graznidos coordinados en un solo graznido coral, mientras hablábamos de la vida y ella me decía, como la abuela Rosa, que lo único que importaba era el amor, debo decirlo, aunque me avergüence, me sentí bendito.

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Ocho. La guerra de las Rosas