EL LAGO DE LOS PATOS.Ocho. La guerra de las Rosas

Previamente en El lago de los patos: – Una vez que entendí que los pensamientos son circulares, es decir, que las ideas siempre girarán sobre sí mismas, caminar alrededor del lago me pareció ideal. – El gigante de negro volvió a gritar con tal fuerza “¡Sitz Karl!”, que a pesar de la ineficiencia acústica de los parques, la orden retumbó como un cañonazo. Yo tuve el impulso de sentarme pero no lo hice, en cambio cuatro personas y seis perros lo hicieron, siete con el de él. -A principios del siglo XX las familias copetudas traían a su personal doméstico de Francia. La familia Alvear compró en París a mi bisabuela materna, Rose. Era muy bonita, tenía 14 años y sabía leer y escribir. – Charlamos un rato, Junio tenía diecisiete años, justo la mitad que yo. Hice “la conjetura del Talmut”, la mitad de la edad del hombre más siete, eso daba veinticuatro; Junio era más chica que la mujer ideal, según el cálculo milenario de los hebreos. No solo eso; Junio era menor de edad.


 

 

A veces la lucidez me aborda inesperadamente. Las ideas entonces ya no se hilan con puntadas caprichosas. Las ideas se conectan entre sí con la rigurosidad de las piezas del Tetris. Una onda explosiva inversa encastra los pensamientos que giraban por mi cabeza sin un propósito concreto. La ráfaga los ha organizado de un modo preciso hasta componer la pieza final, la pieza luminosa. La tengo en mis manos, la paso de una a otra como un malabarista y la pieza, que es tenaz, no se modifica en las volteretas. Por fin sé lo que tengo que hacer. El camino se ha iluminado y, sin embargo, no hago nada. El reflector emite una luz con la forma de una gran flecha en cuyo interior titila la palabra EXIT y entiendo su doble significado. No dejo de estremecerme ante el maravilloso estímulo de la salida, aunque sigo sin hacer nada.

Mi madre criticó siempre mi orientación reflexiva. “Diciendo y haciendo” era la voz de mando para actuar, para hacer algo, cualquier cosa. El asunto era no parecer estar papando moscas. “Vos leés demasiado”, me decía mi madre haciéndome bullyng. Lo mío era la lectura indiscriminada y para eso tenía que sentarme o tirarme en la cama. Hace poco leí un reportaje a Sylvester Stallone donde definía los diálogos como “esos insoportables momentos entre dos escenas de acción”. Bueno, eso es para la gilada. Él es guionista y sabe que la narración es un todo, y lo es a tal punto que un partido de fútbol sin relator está definitivamente incompleto.

Yo nunca tuve el motorcito que tuvieron las Rosas, ese impulso irracional, esas ganas de triunfar, de prevalecer. Las Rosas se definieron entremezclándose con las circunstancias. Fueron hostigadas, maltratadas y su respuesta no fue una siesta melancólica, fue la acción. Tuvieron un enemigo común: los varones. Los hombres les cagaron la vida comprándolas de niñas, violándolas de adolescentes y limitándolas de adultas, es entendible el encono. La guerra de las Rosas fue una guerra justa. Algunas de estas cuestiones le conté a Junio. Junio parece la reencarnación de Simone de Beauvoir. No digo que no se le note una cierta ternura, pero básicamente es una PC, y eso me gusta. Le dije que yo me sentía un bisnieto, nieto e hijo de combatientes, que tal vez mi psiquis no era muy diferente a la de un afgano. Que admiraba a esas mujeres, pero que yo no compartía sus enemigos.

―Vos no sos una anomalía de la tribu de amazonas. Sos simplemente un pibe al que le gusta leer. Bueno, y escribir. Olvidate de las Rosas. Lo épico solo ayuda un momentito a sentirse mejor, ¿viste? hablando de eso, ¿vamos para allá? Hay menos gente ―Junio me dijo esto señalando un vacío en el parque, al tiempo que sacaba una bolsita de nylon. Caminamos juntos mientras ella lentamente armaba un faso. Nos sentamos sobre el pasto, de a poco, los árboles, los juegos infantiles de plástico, el camino de piedritas naranjas, incluso el mismo parque fue desapareciendo.

No sé cuánto tiempo pasó pero la voz de Junio me empezó a llegar como una melodía.

―A lo mejor no se trata de hacer o no hacer, sino de qué hacer y de qué no hacer.

Eso fue todo lo que oí porque me dormí de nuevo. Tuve varios sueños extraños. En uno de ellos los cuatro patos me picoteaban para despertarme. “Juera patos”, les decía, y se iban con la cabeza baja. Luego un pac-man enorme, creo que Pinky, se acercó abriendo y cerrando la boca al son de su musiquita. Cuando llegó a mi lado, Junio se levantó y el pac-man se convirtió en una grande de mozzarella a la que le faltaba una porción, y a esa porción la estábamos comiendo vorazmente entre ella y yo, uno de cada lado, hasta que nuestros labios se juntaron en un beso aceitoso en el que ella me pasó de boca a boca una aceituna. La aceituna tenía un carozo acaramelado. Yo lo chupaba, sabiendo que no era un dulce y que tenía que escupirlo. Y lo escupí.

―¿Qué hacés enano porrero? ¡Te das cuenta que le escupiste el ojo a mi perro! ¿Tu novia sabe que estás aquí papando moscas con una pendeja?

La mole negra era tan grande que tapaba el sol. Su perro Karl no tenía bozal y me miró clavándome los ojos que me parecieron humanos.

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Nueve. La cueva de Altamira