EL LAGO DE LOS PATOS. Nueve. La cueva de Altamira

Previamente en El lago de los patos: – Una vez que entendí que los pensamientos son circulares, es decir, que las ideas siempre girarán sobre sí mismas, caminar alrededor del lago me pareció ideal. -Mi madre criticó siempre mi orientación reflexiva. “Diciendo y haciendo” era la voz de orden para actuar, para hacer algo, cualquier cosa, el asunto era no parecer estar paspando moscas. -Yo nunca tuve el motorcito que tuvieron las Rosas, ese impulso irracional, esas ganas de triunfar, de prevalecer. -Algunas de estas cuestiones le conté a Junio. Junio parece la reencarnación de Simone de Beauvoir. No digo que no se le note una cierta ternura, pero básicamente es una PC, y eso me gusta.

 

Nueve. La cueva de Altamira

Desde hace unos días hago mi ronda al lago sólo con los patos. Los pensamientos fluyen constantes por los vasos capilares de una planta que jamás florecerá. No habrá una flor que concluya el esfuerzo del sistema. La flor es la epifanía de la planta y la del cuento, su conclusión. Podría justificar un final no conclusivo, pero seré honesto, la verdad es que no se me ocurre nada. Voy hilando los acontecimientos, la trama avanza, pero indefectiblemente surge Junio. No la busco, pero se ha convertido en una niña literaria, escondiéndose detrás de los adjetivos, admonitorios o desprejuiciados, o saltando desde atrás de los sustantivos, recordándome que no alcanza el María Moliner para ocultarla. Me distraigo, claro, pero creo que es más que eso. No sé si ella interrumpe mis razonamientos o si ellos la contienen irremediablemente como a un virus.

―¡Ah! Pero además de chapita, sos enamoradizo. ―La voz tabacosa me sorprendió en la dulce franela mental.

―El sufrimiento es inherente al amor. LLorás como aquel que sufre en vida la tortura de llorar su propia muerte.

El tipo era bajito como yo, con un traje a rayas que se esfumaba entre el vapor del cigarrillo. En tanto, no paraba de hablar.

―Bailás la danza del horror, sin compasión, girando y girando en la pista interminable de tu destrucción.

Comenzó a cantar un tango acomodándose el funyi negro. Inquietante, uno de los patos, el schopenhaueriano, lo acompañaba tocando con las alas un pequeño bandoneón. Ahí lo saqué.

Hubiese preferido encontrármelo a Arjona. Es que a pesar de sus extrañas rimas, sus letras siempre terminan con una redención, pero con Discépolo no había camino de retorno.

―Te envidio, pibe, disfrutá la tortura del amor. ¡Ah! Si yo tuviera el corazón, el corazón que di. Si yo pudiera como ayer, amar sin presentir. Es posible que a sus ojos que me miran con cariño los cerrara con mis besos…

―Maestro, qué tangazos, pero entiéndame, en este momento estoy confundido, no se ofenda, pero la letras de sus tangos me hacen mal. No disfruto del bajón de no saber qué hacer.

―Muchacho, yo conocí a todas tus Rosas. Las tres bailaron conmigo, y te aseguro, estarían orgullosas de vos. Pasión, eso fueron ellas y eso ahora sos vos.

Discépolo desapareció en la nube de tabaco dejándome una certeza, en ese momento estaba unido a las Rosas por el hilo de la irracionalidad y, si bien ellas vivieron apasionadamente y yo no, en ese instante éramos lo mismo, el ilógico exceso de entusiasmo de la pasión.

Me había dicho “tenemos que hablar” y su voz casi se superpone a la mía que iba a decir la misma frase. La mole negra le había contado de mi viaje en el parque, pero no era eso, dijo, sino la rutina de una vida sin sorpresas ni desmesura. Se justificó argumentando la separación como la cirugía de un tumor benigno que vendríamos a ser el uno para el otro. El perrito se quedaría conmigo, después de todo yo tenía aún mi departamento disponible. En realidad se trataba de un desalojo, consideró que las próximas tres horas eran suficientes para que hiciera mis valijas. No alcancé a decir nada, la separación exprés estaba en marcha.

Junio había irrumpido en mi vida descalabrándola con la fluidez y la torpeza de la adolescencia. Me importaba un bledo el desplante de mi novia. Ahora sólo quería encontrarla, pero no tenía su número ni sabía dónde vivía. Tal vez había sido una visitante escurridiza como esos personajes que me acompañaron a caminar alrededor del lago, o quizás la construcción del estómago vacío de mis deseos.

¿Cómo ubicarla? Me senté al lado del camino de cemento alisado. Con un palito comencé a dibujarla sobre la tierra. El palito como un pincel la construía con una serie de curvas continuas. Dibujó sus ojos mirándome y me sentí un chamán invocando las almas perdidas. Mi estado alterado como el del brujo vibraba en la frecuencia de lo desconocido. Ahora el palito era un rústico instrumento con él que delineaba un bisonte sobre la roca de una caverna. La luz era tenue y la precisión del arte representaba la carencia, un bisonte o Junio, daba igual. La imagen la convocaba desde la cueva de Altamira, entonces, sin saber porqué, metí mi mano en el bolsillo. Saqué un papelito donde estaban su nombre, el número de su celular y dos corazoncitos. No me importó entonces saber si ella me lo había dejado cuando estuvimos juntos o si como el cazador había transformado con el deseo el dibujo en sortilegio.

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Diez. El encuentro