EL LAGO DE LOS PATOS. Diez. El encuentro

Diez. El encuentro

Una vez que entendí que los pensamientos son circulares, caminar alrededor del lago de Parque Centenario me pareció una buena forma de acompañarlos. Cuatro patos comenzaron a seguirme y no lo hicieron con la pasividad de las mascotas. Son patos intervencionistas y, cuando se activan en mis pensamientos esos nudos que atan las contradicciones, ellos saben qué decir para orientarme. Rara vez debaten. Cada cual tiene su convicción metafísica y me hacen oscilar entre la decepción más profunda y el optimismo sinsentido. Soy lábil a las opiniones de los demás, tal vez por eso converso en las caminatas con tipos muy grosos, tipos que tuvieron como los patos una posición única en la vida. Dichosos de ellos. Me he preguntado cuál es la razón para que conversen conmigo. La abuela Rosa le decía a quien le objetase su verborragia: “Si no hablo, ¿cómo sé lo que pienso?” y seguía sin ningún problema desarrollando sus silogismos en un raro castellano.

Tal vez haya evocado a las Rosas buscando en ellas la fuerza que a veces no tengo, o simplemente las recuerdo porque son historias. Literatura, si se quiere. Si mi familia fuese una biblioteca, ellas serían la colección Robin Hood, coraje y aventuras para adolescentes. Las aventuras que leía de chico. Creo que aún sigo viendo el mundo así: los buenos, los malos, el suspenso y el alivio del final conclusivo. ¿Y Junio? ¿Acaso no es la Rosaura de Camilo Canegato, la Mercédès Herrera del Conde de Montecristo? ¿Acaso me atrae la belleza de su excesiva juventud o la irrupción en mi vida como un giro dramático e inesperado? En el final de La La Land, Mia y Sebastian se van cada cual por su lado, sustituyendo el amor al otro por el amor a sí mismo. Se le puede dar las vueltas que se quiera, pero en esa historia no triunfa el amor sino el capitalismo. No tengo nada contra el capitalismo, salvo que se sostiene exacerbando el egoísmo y mi película no puede acabar así, ese no soy yo, y no lo soy en mi debilidad ni el peor de mis sueños.

Llamé a Junio a su celular. Se sorprendió. “Nunca te lo di”, me dijo y me preguntó cómo lo tenía. No dudé en contarle que durante una epifanía me había conectado con un chamán en la cueva de Altamira, que el tipo había dibujado su rostro hace diez mil años, y que en la conexión del tiempo elástico tomó mi mano para recrear la invocación de la presencia, que del mismo modo en que el cazador se encontraba con la gacela pintada en las rocas de la caverna, yo me encontraría con ella. Se hizo un largo silencio. Siglos, me pareció. Yo soy abogado, fui entrenado en la mentira, ¿por qué no le dije que me lo dio un conocido? ¡Y el ejemplo de la gacela es terrorífico!

―A la tarde voy al parque. Te veo en el lago.

Sólo dijo eso y cortó.

He estado durante semanas caminando alrededor del lago. Cuando las historias fueron cerrando el círculo, un vacío se definió paradójicamente en su superficie. Mientras las historias fluían por la periferia, una fuerza se iba creando en su centro. Un remolino, tendía, sin lograrlo, a hacer caer la secuencia de los hechos, ahí, exactamente en la nada. Lo que quise contar probablemente no haya estado entonces en el exterior, sino en ese lugar inestable donde se construye lo que se omite, el nudo de la verdadera historia.

Fui al parque con mi perrito. La tenencia que antes era compartida, ahora estaba bajo mi exclusiva responsabilidad,. Dudé en si estaría a la altura de la circunstancias. Él parecía extrañarla más que yo. Mientras estábamos esperando a Junio en el banco que está delante de la estatua, llegó la Mole negra con su perro Klaus. El tipo pasó delante de mí, mirándome, supongo, con la satisfacción de un general alemán después de invadir Polonia. Cuando terminaba de pasar, mi perrito, sin mediar siquiera un mínimo ladrido, le pegó tremendo mordisco a la cola del ovejero. Klaus gimió como llorando y comenzó a tirar de su correa para huir de allí. Afortunadamente la Mole negra no entendió lo que pasaba. Justo estaba pensando en que tal vez la paternidad plena sería dificultosa, pero mi perrito me alentó haciendo lo que me hubiese gustado hacer a mí. Después de la huida del ovejero, lo acaricié sintiendo que algo muy fuerte se había creado entre los dos.

Desde atrás unas manos pequeñas taparon mis ojos. ¿Quién soy? preguntó. “Sos mi amor, la ilusión del sentido de la vida, el sitio de las cosas permanentes, la clara señal de una esperanza”. Todo eso hubiese querido decirle, pero me salió una estupidez: “Sos la niña que está entre mayo y julio”.

Giró mi cabeza con sus manos y me zampó un beso que pareció venir desde el pasado hacia el futuro. Yo no estaba ahí, el presente no estaba ahí.

―¿Te parece que soy una niña? ―Me preguntó desde la supremacía de quienes tienen en claro qué mongo hacemos en este mundo. Yo estaba confundido. Tantos años de vivir en la periferia de las emociones hacían que lo real transcurriese en penumbras. Así estaba, creyéndome un caso perdido, cuando una luz iluminó súbitamente mis incertezas.

―¿Te gusta Abel Pintos? ―me dijo y me besó en la punta de la nariz.

Comenzó a cantar a media voz, mirándome a los ojos, sonriendo, y su sonrisa se expandió por toda su cara. Bailaba con los brazos abiertos, moviéndolos al ritmo de la música.

Te amo con la vida entera, con el alma mía segundo a segundo, te amo día a día con cada latido de mi sentimiento

“La soledad es blanca y es plana. Blanca y plana como la pared de la ochava de una esquina. Mientras la gente camina a su lado abstraída, la pared añora algo sin saber qué es. Una chica se acerca con un bolso y despliega frente a ella unos aerosoles. La superficie blanca es acariciada por las gotas pulverizadas de pintura y la sensación desconocida le hace unas cosquillas que le dan placer. Como una malabarista la chica mueve los brazos de un lado a otro, y al rato la tarea queda cumplida. La pared ya no está sola, ahora sostiene un graffiti de colores que no ve pero que intuye cuando la gente la mira”

Me senté sobre el césped. Junio también se agachó y en cuclillas siguió cantando con su cara muy cerca de la mía. Me pareció ver a los patos viniendo desde el lago y creí que ese momento no era real, pero sólo fue un instante. Luego tuve una sensación rara, parecida al miedo, parecida a la audacia.

FIN