Las ofertas

Luis estaba exultante. Hablaba en el tono descontrolado del entusiasmo y era tal su euforia, que me pareció que se iba a poner a llorar. Nos contó sobre la librería que había descubierto a tres cuadras de Mill, el bar donde estábamos reunidos. Tres cuadras hacia Corrientes, supongo que sería Aguirre, no fue preciso. El dueño era un idealista que se había negado a aumentar los precios en los últimos seis meses. La Trilogía de Levrero le había costado doscientos noventa pesos. Uno de Carver ciento ochenta y otro, no me acuerdo el autor, ciento cincuenta, mitad de precio aseguraba. Esto no me habría parecido relevante si al día siguiente mi esposa no me hubiese pedido que la acompañase a la feria de Primera Junta a comprar quesos. La quesería está en la esquina de una feria que no es una feria sino un montón de locales en fila hacia la calle, como no tienen más de dos metros de profundidad parecen puestos de feria. Ir a comprar quesos no me pareció un buen programa, así que admito una cierta incomodidad. Pensé que habría una gran cola para comprar los quesos como suele haberla en las oportunidades, pero aquí no había nadie esperando y el quesero jugaba al Pacman en el teléfono, de esto estoy seguro ya que oí claramente la musiquita de los fantasmas cuando te comen la última vida. Mi esposa, al igual que Luis, tenía las pupilas dilatadas mientras miraba las hormas. No podía dejar de hablar dándome en voz baja una comparativa de los precios: chino versus feria. Hacía mucho tiempo que no la veía tan feliz. A mí el quesero me pareció un tipo desagradable. Apenas vio que había unos clientes agarró una gran cuchilla mientras le decía a mi esposa ¿Qué te corto? Y la comenzó a golpetear contra una tabla de madera. El ritmo de la percusión era el del jueguito que le habría quedado atrapado en la cabeza, es una melodía que va en in crescendo y pareciera ser infinita, pero termina abruptamente en nada. Compró medio kilo de queso de rallar maduro, medio de Por Salud y unos bosconchitos de mozzarella. Es lógico que un quesero juegue al Pacman, después de todo, los personajes tienen forma de hormas de queso a los que le cortaron una porción y el juego se trata de salvarlos de unos fantasmas que se los quieren comer. Yo también lo jugaba hasta que entendí que hagas lo que hagas los fantasmas siempre ganan. Mi esposa fue discreta en la compra, ella suele extender el placer, así que supongo se limitó a un punto tántrico en la compra del queso como para que el goce del ahorro le durase todo el día.

Buenos Aires se ha puesto tan cara, que en Internet hoy se disfruta más con las ofertas de Mercado Libre que con una página porno. En realidad hay una manera de volver a encontrar razonables los precios de esta ciudad y esta es viajar a Montevideo. Hace unos quince días cruzamos a Colonia en el Buquebús, llevamos el auto, si te quedás una semana, lo amortizas llevando desde aquí los alimentos. Mi amiga Lorena Solís que tiene un puesto en la feria de Tristán Narvaja me preguntó si le podía llevar unos libros. ”No serán muchos” me dijo, “te los acerca a tu casa mi padre. Ayer cumplió ochentaisiete”. Cómo hizo, no lo sé, pero el señor se apareció con cinco bolsas consorcio con unos veinte libros en cada una. Había ido en subte hasta Loria y desde ahí caminando siete cuadras. El tipo llegó fresco como una lechuga. Lorena Solís tiene cuarenta y ocho años y parece de treinta. En general cuando nos vemos ella toma primero una copa de Chardonnay y luego una de Tanat, de ahí en más no es selectiva. Tal vez esa familia sea una mutación de vampiros, una subespecie que reemplaza la sangre por vino, algo que ya vi en las iglesias cristianas. La vitalidad del padre está replicada en Lorena, aunque tal vez sea al revés, ya que son los hijos los que revelan la verdad de los padres.

Cuando cargué el equipaje en el auto metí las cinco bolsas en los espacios que dejaban las valijas. El sistema ―si es que lo hubo― fue el del llenado de los vacíos. Tengo una tendencia a la simetría, así que cuatro bolsas fueron al baúl y una al asiento trasero, al medio. En la aduana argentina, donde normalmente buscan bolsos con guita o cortes de carne vacuna, tuve un problemita. Uno de los vistas que revisaba el auto súbitamente dijo en voz alta: Lleva libros. Se acercó entonces otro vista que se presentó como El jefe y entre los dos fueron encontrando las cinco bolsas de plástico negro. Usted tendría que haber declarado la exportación de libros, arrancó diciendo El jefe. Mi excusa surgió de la ficción: Son para una amiga que tiene una ONG en Montevideo, reparten libros en escuelitas pobres.

El jefe sin mirarme y poniendo algunos libros sobre el techo como si fueses paquetes de droga me dijo: Mirá, con la diferencia cambiaria, ¿Sabés la cantidad de escritores que quieren pasar sus libros para venderlos en el Uruguay. El subordinado le tocó el hombro: Carlos, los libros son todos iguales, y fue ahí en que me enteré de ese detalle. En realidad, eran tres los títulos que se repetían: El lobo estepario de Herman Hesse, Un mundo feliz de Aldous Huxley y 1984 de George Orwell. Los tipos se pusieron pesados y hablaron de multas, de infracciones, y otras cuestiones que jamás había asociado con la literatura. Cuando El Jefe se fue a revisar otro auto el subordinado me guiña un ojo diciendo: Ofrecele unos libros, por ahí agarra. Bien dicen que toda solución siempre anda revoloteando los problemas. Sí claro, ofrécele, le contesté. ¡Carlos querés unos libros! le gritó al El jefe que estaba revisando un Audi. ¡No leí un libro en toda mi vida y no voy a empezar ahora! le contestó molesto. Rápidamente le ofrecí que se lleve unos libros él y agarré un ejemplar de El lobo estepario. No, los de animales no me gustan, pero vi que tenías uno sobre la felicidad, viste como está todo en este país, un libro de autoayuda siempre viene bien. Le di dos ejemplares de Un mundo feliz y dos de 1984 y el problema se dio por concluido. Mientras esperaba entrar el auto a la bodega del barco me quedé pensando en que el vista debía ser un buen tipo, un tipo simple. Eligió un Mundo feliz a un Lobo estepario, sí, tiene que ser un buen tipo.

El Uruguay es un país maravilloso que va entrando en el Renacimiento, mientras la Argentina lo hace en la Edad media. Aquí se encienden hogueras y allá venden cannabis. Pero todo paraíso es costoso, más si el cambio no te es favorable. Un café arranca en cien pesos y una hamburguesa dos cientos. Por contraste, cuando regresás a Buenos Aires tu poder adquisitivo sube rápidamente, aunque a los dos días vuelva a caer. Quizás ese sube y baja defina la atracción de las ofertas. Cuando la vi a Lorena en Montevideo después de hacerle de mula, se excusó de mil maneras por el apriete en la aduana y a modo de compensación me regaló dos tomos de la colección “Cuadernos eróticos”, el de Klimt y el de Kokoschka. Los libros son de tapa dura y casi no tienen texto, sólo dibujos de figuras humanas. Me detuve en un boceto de Klimt del Beso, poco tenía que ver con el cuadro romántico, aquí los amantes intercambiaban las lenguas en la carbonilla. Por un momento sentí un gran placer, no por el erotismo que trasmitía la obra, sino por la manera fácil de conseguirla. Seguramente me brillaron los ojos como a Luis y haya sonreído sin darme cuenta como mi esposa. No fue codicia, estoy seguro, más bien sorpresa. Los dibujos son increíblemente bellos pero me hicieron sentir algo triste al reconocernos tan dóciles, tan sobornables. Supongo que las ofertas son eso: sobornos, traguitos de agua a peregrinos que caminan engañados por un gran desierto, en cuyo borde hay solamente un mar de sal.

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