LA MANO EN LOS 400 GOLPES

Con este nombre salimos a las callejuelas cinematográficas para comenzar a caminar, vociferando sobre el 7º Arte. El hijo de la revolución industrial, nacido en los primeros tiempos del siglo XIX, que logró una difusión masiva desde primer tercio del siglo XX (vida sonora) y que en la actualidad ha alcanzado dimensiones impensables por la magnitud de los adelantos tecnológicos.
Nuestro objetivo es ofrecer en esta columna la información más veraz de la vida cinematográfica, hacer de cada lector un cinéfilo, cultivar un amor fundado en la visión y comprensión de la obra, respetando los códigos ligados a la cultura del quehacer del cine.
A la cinematografía por ser una proyección de índole masiva –de gran alcance en el público medio– le costó ser considerada un arte de reflexión y siempre tuvo problemas por ser censurado. La industria norteamericana, en las primeras décadas del siglo XX, aplicó el código Hays,  donde se imponían ciertas reglas de uso en las películas. Código que conllevó grandes disturbios en las propias producciones norteamericanas.
La década de los 60 fueron años vertiginosos. El cine estaba en las grandes prácticas filosóficas del quehacer del arte. La tecnología y los estilos cinematográficos, fueron analizados desde otras perspectivas ideológicas. El cine como espejo, no del mundo, sino como sujeto que se encuentra mirando desde el otro lado. La cámara espía por su ojo la otra historia de sus propios contornos.
En la década de los 70, aproximadamente, logró que analistas y filósofos le dediquen algunos pensamientos, tal es el caso de Deleuze. Actualmente, logra unas dimensiones en lo analítico y técnico, sin límites. En un medio de transporte, un pasajero ve una película por su celular. Este hecho cotidiano, nos lleva a comprender cuál es la importancia de la imagen en el quehacer diario de la humanidad. Aquello que despertó con la revolución industrial, como un entretenimiento, es mañana, más cerca que ayer, el determinante de nuestra vida social.
Continuando con mi tarea de cronista del semanario ‘EL ESLABON’, concurrí en este año a la vigésimo primera edición del BAFICI 21, la cual se desarrolló en las salas del Multiplex Belgrano y en algunas otras del complejo oficial. Este año, con varias cancelaciones respecto de las anteriores, menos películas, menos salas y un despliegue ofrecido por fuera de las salas para entretener al público con juegos y también con proyecciones al aire libre. La visita de personajes involucrados en la producción y realización cinematográfica fue menor.
En mi largo itinerario de exhibiciones rescato un film, opera prima del director chino Kung Yang, titulada Breeze (brisa fresca). El director nos narra la vida de un ciudadano que vive desde hace treinta años en Beijing, al cual le llego su jubilación y se dedica ayudar a su hijo y cuidar a su nieto. Luego de un tiempo toma la decisión de volver a su pueblo natal, Yunnan, y tratar de emprender una nueva vida, con familiares, amigos y viejos amoríos. Pero sus deseos, se ven frustrados. Todo ha cambiado. Sus familiares conservan las rencillas de antaño, algunos amigos ya no están y la ilusión de su viejo amor ha fenecido. Las relaciones son más frías y rutinarias. Su ilusión de reencontrar un buen pasar en su lugar de origen no se puede realizar. Debe volver a la capital, con su hijo, y allí encontrar su muerte.

El director, partiendo de un guion marcado o de hierro, –el director, trabaja con guionistas que vuelcan toda la película, desde el detalle más importante hasta el menor. En dicho libro cinematográfico se plasma todo el contenido del film, movimiento de actores, movimiento de cámara, fotografía, banda sonora, etc. Se llama marcado o de hierro porque el director se ajusta al mismo–, lleva la historia, sin empleos de efectos especiales, con travelling pausados. Es decir, el manejo es pausado y sin empleo del zoom, con lo cual no acerca o aleja la imagen, trasponiendo una velocidad, lo que arroja como resultado el acompañamiento lento y parsimonioso del personaje, dejando que la vida cotidiana emerja, sin imponer una aceleración de la imagen que pueda alterar el ritmo del pueblo.
Con un elenco excelente y una fotografía apagada, como de colores desgastados, Kung Yang nos brinda su realización. Un bello film que tal vez por los nuevos mandatos tecnológicos e imágenes súper-irradiadas, en las grandes pantallas, no pueda tener el lugar que se merece, pero sigue siendo cine + cine.