La vida es demasiado corta para películas malas

Comentario de la película “COLD WAR” (GUERRA FRIA)

Festival de cine Polaco – Sala Cosmos –

Con el antecedente de haber ganado el OSCAR 2015 por mejor película extranjera con el film “IDA”, magnífica obra maestra de la cinematografía, el director polaco Paweł Aleksander Pawlikowski nos presenta el film “COLD WAR” (Guerra fría). Aquí se nos cuenta la historia de una pareja de jóvenes polacos después de la segunda guerra mundial. Con rigor y sutil elegancia cinematográfica, a través del melodrama y sin dejar de lado el factor político, Pawlikowski muestra la vida de esta pareja, sometida políticamente a los vaivenes de la lucha en la Polonia de 1949.

Con un despliegue maravilloso de virtudes formales y visuales, con el tratamiento majestuoso del blanco y el negro, con una fotografía en un formato de pantalla cuadrada (1,37), con la depuración precisa y con el trabajo del plano fijo, Pawlikowski nos narra el film como un orfebre en lo que se manifiesta como una obra visualmente soberbia. En las primeras secuencias las imágenes de cantantes y músicos amateur, el pianista y la maestra de danza, van recogiendo y registrando de distintos lugares rurales la expresión popular de los pueblos. La vida de esta pareja se encuentra socialmente sometida para establecer una política cultural y educativa para así aglutinar el nuevo orden del régimen stalinista en su tarea de afianzarse en la Europa oriental. Ordenado y armado el conjunto de danza y música, la burocracia política del régimen instala una gira por países de la Europa occidental. Es la historia del amor épico en tiempos imposibles. La historia pasional de dos seres que no tuvieron la libertad de ejercer sus vidas.

El director, junto a su fotógrafo Lukasz Zal, un artista de un pincel sutil para manejar la puesta en escena, nos deleita con la perfección de sus encuadres cerrados, brumosos; no se nota una luz, fijando el clima social que se encuentra envuelto en la realidad imperante del momento. La lucha por despegarse de la niebla se percibe, pero no ha llegado aún. Todo es oscuro. El detalle del cigarrillo, continuamente en los labios de los personajes, quienes se encuentran envueltos en el humo, representa el auge de la industria tabacalera. La industria de guerra se ha paralizado y la industria del consumo comienza a dar nuevos pasos. Se produce el cambio del desarrollo de los elementos sociales.

Luego, el París bohemio de la década del cincuenta. En ese clima se encuentran Wiktor y Zula –amantes de la libertad y del ocio– quienes imaginan otro mundo, ya sin problemas tras haber escapado de Berlín Oriental. Comienzan una nueva vida de amantes y frecuentan los cafés-concert. Ella canta en su idioma y baila. Ese es el París que emerge de las ruinas calientes de la guerra.

Pawlikowski construye el melodrama, síntesis de belleza y austeridad. Con una banda sonora profunda, quiebra una realidad, esa realidad de imagen primitiva del acordeón, lo cual da lugar a la imagen que a posteriori se desarrolla y crea el poder. El film se corona con una actuación impecable de su elenco Joanna Kulig (Zula) y Tomasz Kot (Wiktor) y una puesta en escena sin fisuras, ya que en todo el ámbito en que transcurre la acción no asoma ni un alfiler que no corresponda al medio en que se desarrolla y se recrea el paso de la pareja por toda esa Europa ya castigada. La guerra fría se diluye y los imperios se enfrentan en otros campos. Adviene el final trágico de los amantes, quienes vuelven a su pueblo de origen (Polonia) donde el director nos brinda un final de antología.

 Los personajes, tomados de la mano, concurren a la iglesia (imagen representada en el inicio de la narración) derrumbada, con la cúpula abierta por efectos de una bomba, donde la luz solar deja ver, en la pared arrumbada, la figura deteriorada de Jesucristo. Allí se casan, jurándose amor eterno y tomando las pastillas que los llevan a la muerte. Luego, tomados de las manos, salen del encuadre de la escena. El Director, con su riqueza imaginativa, deja la toma fija allí donde se observa el banco (donde ellos estuvieron sentados), la esquina, el cruce de caminos desiertos, unos árboles y un gris sin luz. Apagado, como una metáfora a esas vidas que se habían apagado en pleno amor. Tal vez es el precio que se paga por amar la libertad. La imagen queda detenida y es un homenaje a las películas de dos de los más grandes de la cinematografía mundial: “El sacrificio”, de A. Tarkovski, y “Cenizas y Diamantes”, de A. Wajda.

La inolvidable joya que nos regaló Pawlikowski despierta la nostalgia de aquella hermosa e inolvidable década del 60, que nos encuentra caminando por Av. Corrientes en busca de las salas del cine Lorraine, El Cosmos, el Lugones, el Cine Club Núcleo, que nos encuentra con el rostro lleno de asombro, observando el estallido del “Séptimo Arte”.

Adhemar – agosto 2019