Ilustración:: Gastón «Pupi» Mougabure Cueto.

Texto:: Guillermo Portela.

En el presente artículo, proponemos una lectura de la novela testimonial Chicas muertas, de Selva Almada, y del cuento “El idioma de la ¨f¨”, de Clarice Lispector, en la que se pone en evidencia el mecanismo que llevan adelante las autoras para exponer algunos de los postulados que rigen implícitamente a la sociedad en que vivimos, es decir, sus “códigos”.

Frente a este objetivo, no podemos dejar de mencionar los diferentes contextos de producción que separan a las obras por analizar. Mientras el texto de Lispector fue publicado por primera vez en1974 junto a otros doce cuentos en A via crucis do corpo, la novela de Almada vio la letra impresa en 2014. Este distanciamiento en el tiempo, lejos de obstaculizar la ilación entre ambos relatos, no hace otra cosa que constatar la vigencia de una problemática que no ha dejado de subsistir en las distintas épocas.
Por otro lado, para avanzar en el análisis, debemos dejar en claro qué entendemos por “código”. El manejo de un cierto “código” implica una capacidad de leer y actuar, ya sea de manera consciente o inconsciente, respondiendo a la ideología que engloba el conjunto de actitudes, conductas, prácticas sociales y creencias destinadas a promover aquellos valores que representan a los partícipes de ese “código” en varios ámbitos de la vida.
Tanto el relato de esta novela de no ficción como el del cuento avanzan en una pesada atmosfera machista que, indudablemente, se debería hacer fácilmente palpable para cualquier lector actual y, de alguna forma, construye el escenario necesario para el desarrollo de las historias. Sin embargo, ambos textos comienzan en la aparente candidez de las protagonistas que parecen no advertir esta particularidad de sus respectivos entornos.
Lispector describe a su personaje, María Aparecida o Cidita, munido de cierto aire de inocencia: maestra, del interior, algo refinada, un nombre que refleja su identidad religiosa y una virginidad que portaba tanto como valor, como castigo. Algo similar ocurre en Chicas muertas, en el comienzo, la narradora/personaje, alter ego de Amada, es una adolescente de trece años en su pequeño pueblo de Entre Ríos. Ambos relatos se disparan en el momento que las protagonistas advierten la inseguridad que las rodea.
Cidita viaja en un tren vacío, dos hombres se le sientan enfrente: se “sentía un malestar en el vagón. Como si hiciera demasiado calor. La muchacha inquieta. Los hombres en alerta. Dios mío, pensó la chica” (Lispector, 2018, p. 491). Por su parte, la joven de Chicas muertas observa a su padre haciendo el asado del domingo, la perfecta postal que podría ilustrar el manual de la falocracia argentina: el hombre hace el asado, la mujer lava los platos. Escuchan la radio, habían asesinado a una adolescente, en su cama, mientras dormía. “Adentro de tu casa podían matarte” (Almada, 2019, p. 17) descubre la joven entrerriana.
A partir de estas escenas la atmósfera de los relatos se vicia de testosterona. Clarice Lispector sofocará el aire de un vagón de tren que promete lo peor, la oscuridad de un túnel; el relato se plagará de tensión sexual. Selva Almada describirá el vaho de los pueblos del interior mesopotámico, con bares llenos de hombres solos a la hora de la siesta; secretos a voces que encubren una sociedad hipócrita y conservadora; relatos domésticos llenos de tensión. Las dos protagonistas han dejado atrás su inocencia.
Cidita descifrará el idioma de la “f” (o de la “p” en el portugués original). Este hecho es la trasparente metáfora de su iluminación. Todo lo que hará luego es evidenciar el “código”, jugar el juego de los hombres que la acosan, con las reglas de la sociedad que la rodea. Ella sabe que si se finge prostituta será menos apetecible al ojo posesivo y chauvinista de esos hombres, y también advierte que será juzgada con la misma inclemencia parcial por el maquinista, el soldado que sin querer la salva y hasta por la otra pasajera que luego mudará en víctima.
Almada, devenida en investigadora, nutre el relato de discursos policiales, judiciales, esotéricos, de testimonios escatimados por el miedo. También, como Cidita, jugará el juego del entorno, necesita saber, necesita que le cuenten; debe disimular el dedo inquisitorio, no puede asustar; en ningún momento usará la palabra “machista”; debe contener las náuseas, masticar la misoginia, del abuso, del desprecio; debe manejar el código. Se entrevista con Yogui, el hermano de una chica asesinada, hace calor, aparece el otro hermano, la miran de reojo, la escena se llena de incertidumbre: “Nos vemos más tarde, me dice [Yogui], ahora no puedo hablar” (Almada, 2019, p. 94).
Los dos textos evidencian las reglas implícitas de una sociedad que refrenda sus valores en cada acto, en cada frase, en todos sus simbolismos. Ambos textos discuten estos valores no siempre refrendados en la legalidad, pero valores al fin.
No es necesario ser hombre para ser machista, ni es necesario ser mujer para ser víctima, pero sí, es suficiente vivir en nuestra sociedad para manejar el “código machista”. Cidita lee el código, juega su juego para salvar su vida. Almada ficcionaliza en primera persona para dar fuerza testimonial, para traer el recuerdo de tres femicidios. Levanta la voz inserta en una realidad que se mueve con las reglas de una sociedad patriarcal que no se deja desentrañar si no es a través de la lupa de su mismo código.
Tanto “El idioma de la ´f´” como Chicas muertas visibilizarían la existencia de este “código”, uno y otra patentizan su no tan clandestina vigencia y, de alguna manera, parecen exhibir que, mientras imperen sus reglas, el irrefutable destino no será otro más que: chicas muertas.

Bibliografía
Almada, Selva (2019). Chicas muertas. Buenos Aires: Random House.
Lispector, Clarice (2018). Todos los cuentos. Madrid: Editorial Siruela.